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6 feb 2020

Creatividad: leer mientras se escribe

El año arrancó entre libros, por supuesto. Novelas, cuentos, ficción y poesía. Pero también arrancó entre cuadernos, lapiceras y teclas de computadora: escribiendo. Es tiempo de escritura de una investigación para un posgrado pero, también, de escritura de ficción.

Eso nunca es sencillo. C.G. Drews, autor de dos novelas juveniles, disfruta tuitear sobre el arte de la escritura y, hace poco, escribió:
Que traducido sería: "mirá, la razón por la que ves a los escritores quejarse sobre su escritura en vez de decir que todo va bien es porque las palabras son criaturas volubles y el momento en el que decimos que se están comportando, ellas van a dejar de hacerlo por despecho y van a morderte".

Escribir no es sencillo, no es estar sentado hasta que la musa te rapta y te revela las 365 páginas de una nueva novela. Es trabajo arduo, de cincel y paciencia. Y como no es sencillo, algo que a mí me ayuda un montón es leer cómo hacen otros para trabajar la escritura. 

19 dic 2014

Reflexiones sobre un (medio) año más de taller

El año pasado tomé una gran decisión: opté por pasar de las monografías que me pedía la facultad a la escritura de algo que me resultara un poquitito más interesante. Y navegando por facebook encontré la oportunidad perfecta: Eduardo Abel Giménez ofrecía la posibilidad de empezar a mitad de año en su taller literario.

Era joven e inocente y me atemorizó la idea de que Eduardo fuese un gran escritor, sabio y conocedor de las palabras y yo, una pobre novata.

Pero el taller fue de todo (tardes enteras leyendo, opinando, compartiendo, comentando escritores, géneros, errores, tomando té, comiendo cosas caseras, riéndonos de los "su", "mi" y los adjetivos antes de los sustantivos) menos el pánico que yo esperaba. y no sé porqué no me animé a escribir una "reseña" de mi tiempo ahí. Quizás por vergüenza, vergüenza de hablar de algo tan personal como la escritura (¡la vergüenza será mi perdición!). Perdón, Eduardo. Fue maravilloso y la nada que llevé esa primera tarde se convirtió en una primera experiencia con la escritura fuera del ámbito académico muy cercana, adictiva y graciosa.

Pero este año, por motivos académicos (es decir, monografías que pedían a gritos atención y tiempo de escritura, oh, la ironía de la vida), no pude seguir. Pero, nuevamente, a mitad de año me harté de la nada y busqué ayuda, un poquito más cerca de casa.

Así me llegó otra oportunidad: Verónica Sukaczer (¡otra gran escritora, nuevos nervios!) también abría las puertas a su taller literario. Me mandé.

Y ayer tuvimos la última clase del año y además de leer, escribir, comer garrapiñadas y brindar con coca, hicimos un balance del año. Medio año, en mi caso.

Lo dije, lo repito y lo cuento: 

Escribir siempre me había parecido un trabajo de dioses. Era sólo para los elegidos, los iluminados por el cosmos de la inspiración, los poseedores de los secretos de las letras. Siempre fue una pintura que se podía apreciar y admirar, pero también siempre una pregunta inabarcable: ¡¿Y cómo hacen para hacer esto?! 

Durante mucho tiempo la respuesta fue: "Es imposible"

Pero ayer el balance del año me llevó a decir, y agradecer, otra respuesta: es posible. Este año terminé de entender que se puede escribir y que escribir es ¡tan difícil! ¡Y tan lindo! Es armar un rompecabezas del que un día se tiene una primera imagen pero que nunca se consigue ver entero hasta no lograr hacer encastrar todas las piezas.

Lleva tiempo, cuesta y da ganas de arrancarse los pelos. Todo lo que siempre dijeron esos autores que escriben sobre escribir. Pero esta vez lo vi de cerca, lo experimenté corrigiendo una y otra y otra vez un mismo cuento. Y lo creí y lo acepté.

Este año aprendí a ver las costuras, las articulaciones, los secretos detrás del truco de magia que no simplifican el arte de sentarse a escribir, pero que echan luz sobre cómo animarse a hacerlo.

De nuevo me llevo muchas herramientas, ideas sueltas, anécdotas que podrían crecer y papeles escritos hasta en los márgenes.

Gracias Eduardo por la primera semilla. Gracias Verónica por los primeros cuidados (y recortes y mates y "¿esto para qué sirve?" y "¿esto es necesario?" y "esto está muy bueno"). Espero el año que viene poder hacer un balance de un año entero, agregando que la pila de papeles escritos supera la de las páginas en blanco.

31 ago 2014

Leer con otros

En medio de los libros que leo y las cosas que hago, no, que debería estar haciendo para la facultad, trabajo. Doy clases en un colegio secundario a adolescentes no del todo interesados en nada. Sí, enseño lengua y literatura.

Podría decir un montón de cosas sobre todo lo que vengo descubriendo y aprendiendo en la docencia, y sobre todas las cosas que me gustaría que mejoren en general y todo eso que todos los que fuimos estudiantes de secundario ya sabemos.

Bla.

Pero lo que me tiene maravillada es la experiencia de leer con otros.

Lo empecé a ver con las primeras novelas que leímos en clase y con las cuestiones que después trabajábamos sobre esas historias. Pero, hace muy poco, un grupo de alumnos tuvo que leer Percy Jackson y el ladrón del rayo, que es un libro que me toca una fibra interior muy poco coherente. Me encanta Percy Jackson, me encanta su desfachatez y me encanta que Riordan haya escrito lo que se le dio la gana. ME ENCANTA.

Y ese día que los chicos tenían que venir con el libro leído, estaba muy nerviosa. Me di cuenta después, cuando sonó el timbre del recreo. Ahí se me aflojó el nudo que tenía en esa fibra incoherente y recién ahí lo noté bien: tenía miedo de que el libro no les gustara. Claro, estaba compartiendo con los chicos una lectura que me había resonado mucho (época post Harry Potter, eterno duelo y esta saga que aparece como una luz de esperanza) y me aterraba pensar que podía aparecer uno sacudiendo el libro con cara encendida de indignación gritando: "¡Profe! ¡Esto es cualquiera! ¿Por qué estos personajes insultan en griego?"

Pero hay algo mágico en la posibilidad de leer con otros y compartir la pasión por una historia y ese día lo vi con claridad.

A algunos chicos les gustó. A otros, no tanto. A algunos directamente no les gusta leer y, bueno, hago lo que puedo. Pero otros aparecieron ese día anunciando que ya se habían comprado el segundo, para seguir leyendo y saber qué pasaba con Percy, Annabeth, Grover. Y en esa clase pudimos dialogar, contarnos porqué nos gustaba o no la novela, qué personajes nos caían bien, cuáles entendíamos, qué escenas nos desconcertaban. Y vi que todo se contagiaba y que mi amor irracional también resonaba en los chicos. Y, sobre todo, pudimos tomarnos en serio la historia, darle a la ficción y a este mundo la dimensión y la importancia que merecían, y analizar y compartir opiniones desde otro lugar.

Así algunos entendieron esta pasión loca que tengo por Percy y algunos otros incluso se animaron a nombrar otros libros que despiertan en ellos esta misma locura. Por un rato, fuimos todos unos locos que se toman en serio estas historias y tienen opiniones y sensaciones profundas sobre lo que pasa en ellas.


28 jul 2014

Mientras leo y otros escriben

Hay algo mágico en la lectura. Eso es obvio, acá estamos, si no, no tendría un blog. Pero hay algo doblemente mágico cuando una lectura despierta instintos escritores.

Nada me gusta más que leer cosas que escriben los autores sobre sus procesos de escritura. Hace un par de años lo hacía porque necesitaba saber cómo se hacía, cuales eran los secretos ocultos, qué tipos de animales sacrificaban para tentar a las musas y qué tipo de cuadernos compraban (¿rayados o lisos?).

Buscaba desesperadamente la receta para la escritura y esperaba encontrarme con cosas lineales y puntuales: "Siéntese, abra el cuaderno porque las computadoras distraen y en el tiempo que tarda en abrirse el Word ya estará cargando el capítulo de alguna serie. Abra la lapicera (si es de tinta la escritura fluirá mejor) y en tres oraciones simples defina a su personaje principal. Ahora, invéntele un miedo. Ahora, un hobby. Piense si está enamorado o si quiere que en el transcurso de su novela se enamore. Póngale unos padres desastrosos (o nada de padres, los huérfanos lucran más). Determine qué es lo que quiere y cuál va a ser el obstáculo. Escriba eso en un párrafo. Piense el final y definalo en una oración. Ahora rellene todo con descripciones, datos de color, personajes secundarios graciosos, algún villano oscuro que sea alegoría de algún mal de esta sociedad y, ¡voilá!, llegue a las trescientas páginas, consiga editorial, publique y nade en un mar del merchandising que se haga cuando una productora de cine le compre los derechos de su novela"

Eso esperaba, ¡no!, eso quería encontrar en esos textos.

Por supuesto, nada de eso llegó a mis manos y mi frustración fue suprema. ¿Cómo que no dicen cómo hicieron? ¿Cómo que no cuentan de dónde sacan las ideas brillantes? ¡¿Cómo que no hay sistema fijo que dé como resultado una novela gordita y buena?!

Consejos de Neil para escritores jóvenes.

Fue una frustración de muchos meses (que quizás se convirtieron en años). Pero, a medida que fui logrando superarla, me encontré con otras cosas en esos libros.

Los autores (según puedo opinar después de varias novelas y artículos sobre escritura de diversos escritores), cuando escriben sobre cómo escriben o sobre lo que opinan de la escritura, derivan, por lo general en dos cosas o instancias (que pueden mezclarse, y de hecho así lo hacen):

a. El "desorden"
De pronto, todos los escritores que siempre admiramos se transforman en seres humanos comunes y corrientes a los que las cosas les salen solamente porque hubo suerte y mucho, muuucho esfuerzo. Y es hermoso. Hablan sobre lo mucho que les costó escribir tal cosa, cuánto tiempo tuvieron guardada en un cajón una novela que después fue una genialidad; describen las circunstancias adversas que no los dejaron escribir durante meses; mencionan los trabajos aburridos que tuvieron durante mucho tiempo; escriben ensayos sobre lo mucho que los angustiaba la hoja en blanco y la imposibilidad de escribir siquiera una oración. Se traban, se anulan, desconfían de lo que hacen y desconfían de los gatos que se sientan sobre los manuscritos. Se cansan, están horas tipeando y se acaban el café de la casa. Es casi como leer el propio proceso de escritura, torpe y a los golpes. Y estos escritores dicen: el único sistema es seguir, como se pueda, cuando se pueda. Y siguen, y esto me lleva a la segunda instancia...

b. La pasión
En medio de tantos líos, en medio de muchos "no, la verdad es que mi sistema es sentarme y obligarme a escribir", o muchos "escribo en cualquier momento, en cualquier lugar, porque si no las ideas se me escapan", aparece otra cosa, una emoción incontenible que se contagia. Por todas partes se filtra una pasión que hace que todo valga la pena: no dormir, no comer, trabajar de cualquier cosa, pasar años buscando un sistema ordenado, tratar de romper las reglas de los géneros, lidiar con la falta de voluntad, superar los comentarios negativos. Y hablan de libros que leyeron, de cosas que los inspiraron, de historias que los marcaron para siempre...

Llegar a esa instancia de estos libros donde casi lo único que se puede leer es una pasión desmedida y descontrolada por la escritura y las historias que dan vueltas y piden ser escritas, se transforma en un momento muy especial. Ahí veo que estos autores son gente común, normal y totalmente especial, porque hacen lo que les gusta, y lo único que pueden y quieren transmitir es lo mucho que los apasiona escribir (y, sí, por supuesto, leer): no hay reglas, no hay sistemas, no hay fórmulas secretas o musas pequeñas escondidas en la ropa que susurrran ideas geniales. Sólo hay ganas, ganas profundas por escribir y contagiar esa pasión, y muchos, muchos intentos.

No sé si esto se aplicará a todos los escritores, pero algo de esto me fui encontrando en los libros que leí sobre cómo escribir:
- Bird by bird, de Anne Lammot
- Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa
- Mientras escribo, de Stephen King
- Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke
- Reflections: On the magic of writing, de Diana Wynne Jones (en proceso de lectura, por ahora)
- Make good art, de Neil Gaiman
- El blog de Neil Gaiman, completito (bueno, todo lo que llegué a leer)

Y quizás me olvido otros. Pero lo que no me olvido es esa alegría que me contagian, que sale de la pasión pura por la escritura.


13 ago 2012

Los jóvenes y la escritura

Hoy hice una suplencia de literatura en un colegio secundario, a chicos de 4to y 5to año, es decir, adolescentes de entre 16 y 18 años, más o menos.
Dado que las actividades que estaban pautadas me parecían aburridas (literatura española antigua con unos, literatura argentina gauchesca con otros) y demasiado pesadas para una suplencia tan corta, investigué y armé una tarea de escritura.

A los más chicos les preparé una exposición sobre el género utopía y su opuesto, la distopía. Charlamos sobre las películas que habían visto de este último género y de libros que conocieran que se centraran en esta idea. Por suerte encontré a algún niño que había leído Los Juegos del Hambre y pude exponer las características del género a partir de esa historia. Pero en cuanto comencé a nombrar libros como 1984, Un mundo feliz o Farenheit 415, el aula se sumió en un silencio desinteresado. No tenían mucha idea de lo que les hablaba, y recién cuando les hablé del Gran Hermano o la quema de libros en la obra de Bradbury parecieron ubicar de qué les estaba hablando.

Sí, no esperaba que los hubieran leído pero imaginé que quizás los conocían, habían escuchado de qué trataban o, no sé, habían visto las películas. Tampoco ninguno habló de otros libros que hubiesen leído fuera del colegio. Algo incluso admitió no haber leído siquiera las cosas del colegio.

Una chica identificó El Eternauta como una distopía que, además,  buscaba hablar sobre la represión durante la época de su publicación. Fue un comentario sumamente interesante.

Los insté a que se animarán a inventar una distopía propia, con un mundo o sociedad que a ellos se les ocurriese y que tuviera las características que más les gustara. Y acá si que no se imaginan las dificultades que tuvieron. Les resultó sumamente complejo que la propuesta fuese "imaginar", y hasta que no aclaré que todo valía (enfermedades biológicas, desastres naturales, viajes en el tiempo, gobiernos totalitarios, viajes en el espacio), ninguno se animó a salir de ideas convencionales. Otros ni siquiera así pudieron armar un mundo propio.

Finalmente la actividad salió de forma maravillosa y ahora tengo una pila de trabajos para corregir. Los chicos se entusiasmaron de forma gradual y escribieron un cuento en donde, a partir de un personaje, dieran cuenta de esa sociedad que habían diseñado. Sin embargo, la pregunta por la creatividad quedó rondando en mi cabeza.

Me pregunté entonces, ¿acá se está dejando ver la falta de lectura de los jóvenes? ¿acaso no se les ocurren ideas descabelladas, ingeniosas o desafiantes porque su espectro de lectura está limitado a estados en twitter o mensajes de texto?
¿O es que quizás todo aquello que se aleje de la realidad concreta los asusta? ¿llegó y se instaló en ellos también el menosprecio general que suele haber por los géneros como la ciencia ficción? ¿o simple y llanamente no les interesa?

Me pregunto qué les habrá generado esta actividad y si les habrá gustado (¡espero!), porque yo me fui muy contenta del colegio y con ganas de leer sus creaciones. Pero me quedo con esta pregunta, qué ocurre con la imaginación en ellos, en los jóvenes en general, y el rol que ocupa (o ha perdido) la lectura en sus vidas.

¿Qué opinan?

15 nov 2011

De cómo perdí y encontré una palabra

Probablemente ya lo haya repetido más de una vez, aunque no precisamente por acá, pero, hoy, después de mucho, mucho, más tiempo del que algo como esto debería haber requerido, descubrí, o me reencontré, con una palabra que hacía mucho buscaba.
Ya sé, esto es bastante absurdo, ¿cómo es posible perder una palabra? Bueno, acá estoy contando que me sucedió algo así.

Alguien alguna vez me la mencionó - y lo más triste es que no recuerdo bien, seguro que ahora que la encontré ese "alguien" volverá a aparecer en mi vida, así lo indicaría el orden cósmico de las cosas perdidas y encontradas - y, como no supe qué significaba, tuvo que explicarme qué quería decir. Por supuesto, traté de recordar la expresión y el significado porque era sencillamente genial. Pero al poco tiempo, a las pocas horas, quizás incluso, la perdí. Así como nada. ¡Puf! Afuera de mi memoria.

Hoy, leyendo un texto crítico sobre una novela melosa latinoamericana, la encontré.
Fue como reencontrarse con un amigo de hace mucho, así de bizarra resultó la situación. Como correr en un campo de margaritas anhelando un abrazo con algo que ni siquiera tiene extremidades - bueno, que ni siquiera es un ser vivo -. Miraba la hoja, miraba la palabra, saludaba a cada una de las letras, en tan perfecta combinación, y me relamía en pronunciarla en voz baja.
Claro, tuve que buscar qué significaba de vuelta, algunas cosas nunca cambian.

Ucronía:
-- Género literario que también podría denominarse novela histórica alternativa, y que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como lo ocurrió en realidad (por ejemplo: los vencidos de determinada guerra serían los vencedores). La ucronía especula sobre realidades alternativas ficticias en las cuales los hechos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos. Esa línea histórica se desarrolla a partir de un evento histórico extensamente conocido, significativo o relevante, en el ámbito universal o regional. Ese momento o evento común que separa a la realidad histórica conocida a la realidad ucrónica se llama punto Jonbar. (Fuente: x)

¡Cuánto te extrañé, palabra! Tantas veces que podría haberte utilizado, tanta gente a la que podría haberle gritado "Hey, no ucronices". ¿Ves?, me estás haciendo caer en tu trampa. Aceptaré este desconocido orden cósmico que quiso que hoy te encontrara y explotaré todas tus posibilidades, en un futuro muy cercano.
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