19 dic 2014

Reflexiones sobre un (medio) año más de taller

El año pasado tomé una gran decisión: opté por pasar de las monografías que me pedía la facultad a la escritura de algo que me resultara un poquitito más interesante. Y navegando por facebook encontré la oportunidad perfecta: Eduardo Abel Giménez ofrecía la posibilidad de empezar a mitad de año en su taller literario.

Era joven e inocente y me atemorizó la idea de que Eduardo fuese un gran escritor, sabio y conocedor de las palabras y yo, una pobre novata.

Pero el taller fue de todo (tardes enteras leyendo, opinando, compartiendo, comentando escritores, géneros, errores, tomando té, comiendo cosas caseras, riéndonos de los "su", "mi" y los adjetivos antes de los sustantivos) menos el pánico que yo esperaba. y no sé porqué no me animé a escribir una "reseña" de mi tiempo ahí. Quizás por vergüenza, vergüenza de hablar de algo tan personal como la escritura (¡la vergüenza será mi perdición!). Perdón, Eduardo. Fue maravilloso y la nada que llevé esa primera tarde se convirtió en una primera experiencia con la escritura fuera del ámbito académico muy cercana, adictiva y graciosa.

Pero este año, por motivos académicos (es decir, monografías que pedían a gritos atención y tiempo de escritura, oh, la ironía de la vida), no pude seguir. Pero, nuevamente, a mitad de año me harté de la nada y busqué ayuda, un poquito más cerca de casa.

Así me llegó otra oportunidad: Verónica Sukaczer (¡otra gran escritora, nuevos nervios!) también abría las puertas a su taller literario. Me mandé.

Y ayer tuvimos la última clase del año y además de leer, escribir, comer garrapiñadas y brindar con coca, hicimos un balance del año. Medio año, en mi caso.

Lo dije, lo repito y lo cuento: 

Escribir siempre me había parecido un trabajo de dioses. Era sólo para los elegidos, los iluminados por el cosmos de la inspiración, los poseedores de los secretos de las letras. Siempre fue una pintura que se podía apreciar y admirar, pero también siempre una pregunta inabarcable: ¡¿Y cómo hacen para hacer esto?! 

Durante mucho tiempo la respuesta fue: "Es imposible"

Pero ayer el balance del año me llevó a decir, y agradecer, otra respuesta: es posible. Este año terminé de entender que se puede escribir y que escribir es ¡tan difícil! ¡Y tan lindo! Es armar un rompecabezas del que un día se tiene una primera imagen pero que nunca se consigue ver entero hasta no lograr hacer encastrar todas las piezas.

Lleva tiempo, cuesta y da ganas de arrancarse los pelos. Todo lo que siempre dijeron esos autores que escriben sobre escribir. Pero esta vez lo vi de cerca, lo experimenté corrigiendo una y otra y otra vez un mismo cuento. Y lo creí y lo acepté.

Este año aprendí a ver las costuras, las articulaciones, los secretos detrás del truco de magia que no simplifican el arte de sentarse a escribir, pero que echan luz sobre cómo animarse a hacerlo.

De nuevo me llevo muchas herramientas, ideas sueltas, anécdotas que podrían crecer y papeles escritos hasta en los márgenes.

Gracias Eduardo por la primera semilla. Gracias Verónica por los primeros cuidados (y recortes y mates y "¿esto para qué sirve?" y "¿esto es necesario?" y "esto está muy bueno"). Espero el año que viene poder hacer un balance de un año entero, agregando que la pila de papeles escritos supera la de las páginas en blanco.

17 dic 2014

Cinco libros que marcaron mi infancia

Mientras leo y preparo y organizo (con una lentitud asombrosa, como siempre) las próximas reseñas que quiero publicar, y en vistas de que se viene Navidad y la nostalgia está a flor de piel, se me ocurrió concretar un post que venía pensando desde hace tiempo:

¿Qué pasa si me pregunto qué cinco libros que haya leído durante mi infancia me marcaron?

Me echo al piso a llorar porque de primeras me parece imposible. ¡¿Sólo cinco?! ¿Y a qué se refiere con "marcar"?

Pero después me di cuenta de que algunos libros se habían quedado dando vueltas más tiempo que otros (y que quizás eso era "marcar": haberse ganado un lugar en el corazón y en la memoria) y me pareció que esto podía ser una gran aventura.

Empecé a leer cuando era muy chica y mirar para atrás revela una lista infinita de títulos de libros. Así que me voy a limitar: ¿qué libros marcaron mis años de primaria, de primero a séptimo? Las respuestas son muy variadas y las voy a enumerar a partir de lo que recuerdo hoy, que tengo 24 años, qué me generaron estos libros cuando los leí.

1. Más chiquito que una arveja, más grande que una ballena, Graciela Montes
El primer libro oficial que recuerdo haber leído en mi vida. Era la "bibliografía obligatoria" de primer grado (¡para todo el año!). Una mañana mamá me pasó a buscar por el colegio y cuando salí, me dio el libro. "Esto es lo que van a leer con la seño", aclaró. Y nos subimos al colectivo, que iba desde Flores hasta Floresta (o sea, un suspiro) y yo, parada, porque no había donde sentarse, me leí el libro entero. Entero. "Me gustó, ma, ¿qué más hay para leer?". Y creo que ahí mamá se dio cuenta de que iba a tener que empezar a rellenar la biblioteca con libros para una nueva lectora.

2. Marisa que borra, Canela
Ay, no sabía que era de Canela, me acabo de enterar. Este libro lo compró mamá en una feria del libro del cole (dato importante dentro de esta sección: mi colegio organizaba una feria del libro en el salón de actos; invitaba editoriales de libros infantiles y por toda una gloriosa semana el salón de actos se llenaba de stands con libros, muñecos y muchas páginas por revisar). Qué extraño y qué emocionante: Marisa borraba las cosas que no le gustaban y atravesaba la ciudad dejando una huella muy particular. Me encontré con una versión nueva, divertida y muy cercana de algo que en ese momento decidí que era una bruja.


3. Socorro diez, Elsa Bornemann
Algunos de estos cuentos los leí con una amiga, otros, sola. Sólo me acuerdo que fue la primera vez que sentí miedo, miedo puro y real, leyendo un libro, objeto que no debería tener la posibilidad de generar semejante cosa. Ahí, creo que a los 11 años, me di cuenta que leer libros no era chiste. Los libros hacían cosas. Y mi teoría se confirmó cuando llegué al último cuento, "Socorro diez", y conocí el horror. Todavía hoy recuerdo con escalofríos lo mal que me sentí (y lo bien que la pasé: ¡un libro me estaba dando un miedo paranoico impresionante!).

4. Los hijos del vidriero, María Gripe
Creo que este fue un regalo. De Navidad, de cumpleaños. Pero lo recuerdo adentro de mi casa, nunca en la escuela. Y me pasó hace muy poco que mamá quiso hacer limpieza profunda y trató de regalar este libro y yo le salté al cuello como un animal herido. "¡No, ese no que me encanta!". Pero ese "me encanta" venía de muchos años antes. Este libro abrió otra posibilidad: ¿y si una historia te hace sentir lejos, triste, melancólico? Quizás fueron las descripciones hermosas del arte de moldear vidrios, los nombres extraños de sus personajes, la bruja y su cuervo merodeando en la feria, todavía no lo sé. Pero esta novela le hizo lugar a otra dimensión porque descubrí que la lectura también podía hacerme extrañar lugares y gente que todavía no conocía.

5. Frin, Luis M. Pescetti
Este libro fue una aventura. Como no teníamos plata ni podíamos pedirles a mamá y papá, con una amiga, en sexto grado, empezamos a leer Frin en el primer recreo del lunes de la semana de la feria del libro en el cole. Religiosamente bajamos todos los recreos de toda la semana para leer juntas esta novela. Recuerdo que cada vez que tocaba el timbre nos mirábamos con complicidad, dejábamos el libro casi intacto en el stand, subíamos al aula y yo anotaba en una hoja en que página nos habíamos quedado. Así, en una semana, en recreos de diez y quince minutos, nos leímos la novela entera.
Yo ya era más grande y ya sabía, o empezaba a sospechar, que la literatura me podía hacer moños en el corazón. Y Frin me trajo la primera historia de amor de verdad, entre chicos, sencilla, en medio de la vida y de las cosas comunes que le pasan a cualquiera, y algo de todo eso se me quedó adentro. Frin y Alma se me quedaron adentro.


Ahora tengo unas ganas terribles de releer todos estos libros que no creo que pueda resistir. Y también de releer todos esos otros que se me fueron ocurriendo pero que no pude incluir en esta lista (quizás otro día llegue otra).

Ojalá hayan leído alguno, ojalá se animen a leerlos. Si después de tantos años estos libros siguen despertándome emociones tan viscerales es porque merecen un lugar en la biblioteca de todos los niños-jóvenes-adultos-señoras-señores-brujas.

8 dic 2014

Diez en un barco

Diez en un barco, Liliana Bodoc, Paula Bombara, Diana Briones, Laura Escudero, Mariana Furiasse, Florencia Gattari, Norma Huidobro, Sandra Siemens, Franco Vaccarini, Sebastián Vargas; 2014. Ediciones SM.
Leer puede ser un modo de afrontar el mundo, de atravesar distancias, de descifrar mensajes ocultos en las olas. Escribir puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, entre el amor y la soledad, entre la comprensión y la desgracia, la última frontera contra el olvido o la injusticia. En este libro, el lector navegará por mares calmos y tempestuosos en donde los textos conversan, con diferentes voces, sobre un mismo tema: la lectura y la escritura.
Esta antología reúne cuentos escritos por los diez primeros ganadores del premio El Barco de Vapor de acá, de Argentina, y todas las historias tienen como hilo conductor estos dos temas, la lectura y la escritura. Los autores son variados, todos tientan, y a mí siempre me resulta maravillosa la posibilidad de leer cuentos (de los buenos, más todavía si son para un público joven). Así que Diez en un barco resultó ser una compra obvia.

Y mejor aún, resultó ser una lectura hermosa.

Estos cuentos (de los que no quiero adelantar demasiado, porque algo de la magia de los cuentos está en leerlos sin saber de qué tratan) toman como eje, algunos más, otros menos, el tema de la escritura y la lectura, pero lo que resulta fantástico es que se animan a hablar de los efectos que pueden tener, de todo lo que puede construir la palabra, de los caminos que abre, de las emociones que dispara.

Así que puedo hablar de qué me dijeron a mí, sin decir nada de lo que cuentan, para ver si eso anima a otros a encontrarse con estas historias.

En "Hilaria suspendida" me encontré con palabras que sirven de escudo para defenderse del mundo, de todo lo que supera, excede y da miedo, y con otras más suaves, que vienen a romper la coraza y cantar al oído. En "Piedritas del río" las palabras pisaban con fuerza, construían miradas del mundo y, al mismo tiempo, personas y amistades. Todo el último fragmento de este cuento me resultó cercano, lleno de añoranza y ganas de vivir, porque estuvo todo cruzado por unas ganas de terribles de animarse a decir algo sobre la vida, de escribir qué le dice el mundo a uno.

Otros cuentos tenían palabras que dibujaban misterios (muy distintos, muy oscuros, muy divertidos), como "Carta a Joaquín, diez años después" o "El señor quería morir". Y "La mentirosa" arrastró al misterio un paso más allá y abrió preguntas con respuestas incómodas: ¿Las palabras mienten? ¿Las historias que arman las palabras son verdades o mentiras? ¿Quién se anima a creerlas? ¿Quién no?

Y "La oportunidad de Emma", "Futuro" y "En el asiento de tu silla..." presentaron palabras que pesan y transforman la vida. Cartas que definen un rescate, premoniciones que cambian el cuerpo pero sobre todo las ideas, palabras que se enroscan y parecen no tener ni pies ni cabeza, hasta que se entienden, como por arte de magia.

"El último viernes" me estrujó el corazón y me lo ensanchó, todo al mismo tiempo. En este cuento la lectura es un camino, es el camino, y es la salida de la tristeza y la entrada a nuevas posibilidades y nuevas amistades. De forma semejante (en el estrujamiento y ensanchamiento de corazones, digo), "Escrito en las olas" le da a la lectura un lugar importante en la ciencia pero, sobre todo, hace que sea como acariciar a alguien: es la vía de contacto, es la forma de conocer a otro y de entenderlo.

Me parece que no estoy alcanzando a decir todo lo que quisiera. Hay algo en la forma en que estos cuentos proponen que tanto la lectura como la escritura son caminos, formas de abrir el corazón y la cabeza a cosas nuevas, a sensaciones nuevas que sólo se entiende cuando se lee. Y cuando uno se anima a que la palabra entre y haga lo que quiera. Como en un barco, estos cuentos son un ir y venir agradable en el arte de la palabra.

Me gustaría poner este libro en algún estante alto para reencontrarlo en un par de años y leerlo de vuelta. Para ver si las palabras se dan vuelta y me dicen algo nuevo. Porque este libro tiene la fuerza que sólo viene de aquellos que alguna vez se encontraron con la lectura y se dejaron transformar algo adentro para después salir corriendo a escribirlo.


(Y con mi hermana, antes de leerlo, nos divertimos adivinando quién era quién en la portada, porque esa ilustración roba los ojos)

3 dic 2014

Vuelta al sur

Vuelta al sur, Mario Méndez, 2013. Edelvives.
Pablo es de la Patagonia, pero fue a Buenos Aires a estudiar y a trabajar. Sin embargo, las cosas no le resultaron bien y antes de volverse, decide buscar algo más: a su abuela. Una vieja historia familiar la separó hace años de sus hijos y por lo tanto Pablo solo escuchó algunas cosas de ella, pero nunca la conoció. Y está decidido a no volver al sur sin escuchar la otra versión de la historia. Y tal vez, hasta llevarla también a ella de regreso.
Este libro está dando vueltas en casa desde la feria, cuando lo encontramos en el puesto de Edelvives (tan pintoresco y tentador como siempre) y mi hermana decidió comprarlo. Ahora lo reencontré y me lancé a la lectura.

Vuelta al sur es la historia de un regreso. Es el regreso al sur, sí, pero es también el regreso de la narración, las idas y vueltas, los viajes de la palabra y, sobre todo, de las historias y anécdotas que se cuentan en las familias y entre amigos.

No sé qué idea me había hecho de esta historia, pero imaginé que sería más infantil. Encontrarme con un protagonista de 23, perdido en la vida, confundido con lo que quiere y ahogado por una profunda sensación de fracaso amplió el horizonte. Y fue también una de las cosas que más me resonó porque este protagonista, en medio de la incertidumbre, de las dificultades del inicio de la adultez intensificadas por el abandono de la ciudad de origen, se embarca en un viaje que cree que dignificará su vuelta fracasada a casa pero que termina convirtiéndose en mucho más que eso. Su viaje lo lleva a remover y reconstruir.

Y la novela, a partir de una revisión del pasado y de la pregunta por las voces y miradas que lo construyen, lleva a una resignificación del presente y de la mirada que, en este caso, tiene Pablo sobre lo que vivió, lo que está viviendo, lo que espera (o no) de la vida. Es significativo cruzarse con pequeños pasajes donde él hace algún comentario sobre la porquería (vamos a hacerlo bien exagerado) que es su vida y su abuela contesta con algo semejante a "¡Seguro que no fue tan malo! ¡Qué decís, si seguro sos muy bueno en eso! ¡Tenés toda la vida por delante!".

Removiendo y rebuscando miradas sobre el pasado, a Pablo se le empiezan a abrir nuevos caminos (y, por supuesto) nuevas miradas sobre el presente. Lo que había comenzado como un último manotazo de ahogado se convierte en el camino para empezar de otra vez, para volver a poner las cosas en marcha (de forma literal en el auto que se mueve hacia el sur, y de forma metafórica, cuando Pablo pasa de nuevo por Mar del Plata y se despiertan amistades) y recomenzar una vida que había quedado medio adormecida.

Vuelta al sur es un libro que encierra mucho más que la historia de un viaje y que muestra que en el animarse a dar un paso (e incluso en el animarse a mirar el pasado con otros ojos), las cosas que parecían estancadas (la vocación, los vínculos, los anhelos y los sueños) vuelven a cobrar vida.



11 oct 2014

La sangre del Olimpo

The blood of Olympus (Héroes del Olimpo, #5), Rick Riordan, 2014. Disney-Hyperion.

A pesar de que la tripulación griega y romana a bordo del Argo II ha hecho un gran progreso a lo largo de sus aventuras, todavía parecen estar lejos de lograr derrotar a la madre tierra, Gaia. Sus gigantes se ha despertado -todos- y son más poderosos que nunca. Deben ser detenidos antes de la fecha en la que Gaia planea sacrificar a dos semidioses en Atenas. Ella necesita su sangre - la sangre del Olimpo - para poder despertar. 
Los semidioses tienen cada vez más visiones sobre una batalla terrible en el Campamento Mestizo. La legión romana del Campamento Júpiter, conducida por Octavian, está casi a un tiro de ballesta. Y si bien es tentador llevar el Partenón de Atenea a Atenas para usar como arma secreta, los amigos saben que la inmensa estatua debe estar en Long Island, donde podría detener la guerra entre los dos campamentos. 
El Partenón de Atenea irá al oeste; el Argo II, al este. Los dioses, que todavía sufren un desorden de personalidades múltiples, están incapacitados. ¿Cómo podrá un grupo de semidioses jóvenes sobrevivir al ejército de gigantes de Gaia? Aunque sea peligroso ir a Atenas, no tienen otra opción. Ya han sacrificado demasiado. Y si Gaia despierta, entonces el juego habrá terminado.

¡Llegó! ¡El último libro! Después de años de leer aventuras sobre Percy, llegó la última posibilidad de verlo en acción. Por supuesto que entonces hay una miríada de sentimientos encontrados y ganas simultáneas de llorar y alegrarse. Voy a tratar de hacer esta reseña lo más clara posible.

Dicho esto, me parece necesario recapitular que la saga Héroes del Olimpo viene preparando un terreno épico, de magnitudes inmensas y con desafíos enormes (muchos protagonistas, con intenciones de contar todas sus historias de origen y dar cuenta de sus procesos de crecimiento; personajes que vienen arrastrando pasados conocidos de la saga previa, etc.). Las expectativas fueron alcanzando proporciones inalcanzables en los dos libros previos, La Marca de Atenea y La Casa de Hades. Y quizás es por eso, porque se volvieron inalcanzables, que este libro no llegó a ser el final que esperaba.

En la fórmula, La sangre del Olimpo funciona, cumple, conquista. Pero un libro que es parte de una saga que apela tanto a las emociones y las complejidades de los personajes, un libro que, además, es el último de una saga que empezó, quiérase o no, en El ladrón del rayo, no puede quedarse solamente en el cumplimiento de una fórmula.

El libro se sostiene en una estructura básica que venía perfilándose en las novelas anteriores: cambios organizados en los puntos de vista que dan cuenta de diversas mini aventuras donde dos o tres semidioses tienen la oportunidad de lucirse, debatir sobre sus problemas y avanzar un poco más en la definición final de sus personalidades. Los personajes se van alternando, todos son sometidos a pequeños desafíos que en ningún momento suponen un riesgo considerable y todos vuelven después al fondo del escenario. 

Repito, funciona, y es necesaria e inevitable dada la cantidad de personajes principales que se acumulan (Percy, Annabeth, Leo, Jason. Piper, Hazel, Frank, Reyna, Nico, ¡uf, un montón!, más un plus de personajes secundarios que también necesitan algunas expansiones en sus historias), pero hace que la novela, como total, pierda fuerza.

De esto se desprenden los puntos de vista elegidos para narrar la historia. 

Nuevamente, funcionan bien, porque son coherentes considerando las dos historias paralelas que Riordan necesita contar (algunos que vayan para Atenas, algunos que vayan para el Campamento Mestizo) y porque dan espacio a personajes que en las novelas anteriores habían quedado relegados al fondo (Jason, Piper, Reyna, Nico, Leo). Pero de esta forma no se deja volver a escuchar las voces de algunos personajes que venían con desarrollos importantes, personajes que en este libro quedaron como parte del elenco de fondo.

¡Y esto es comprensible, porque son personajes que en La Marca de Atenea y La Casa de Hades se habían robado el show! Pero, siendo este el último libro, el cierre de una historia que se viene escuchando hace años y que viene sumando piezas densas y complejas, da mucha pena no encontrarlos, no escucharlos de forma directa y no saber qué es lo que están sintiendo.

Y acá el gran problema, para mí, son Percy y Annabeth. Ellos son bien protagonistas no sólo de los libros anteriores sino de toda la saga anterior, entonces es lógico que en este libro se desplacen para darle lugar a los demás (en una serie con tantos, tantos personajes, donde interesa que todos se vuelvan protagonistas, no hay otra chance más que dejarlos de lado un rato). ¡Riordan lo sabe, Riordan lo dice!

Pero la realidad es que ambos alcanzaron un nivel de protagonismo tan estelar y nosotros (o, bueno, yo) lectores estamos tan acostumbrados a ellos, que resulta desconcertante, vacío, no poder escucharlos.

Es como dejar de hablar con un amigo con el que te llevabas muy bien y al que conocías mucho y de pronto ver que sube una foto a Facebook haciendo cosas de la que no podés ser del todo partícipe (bueno, no sé si está comparación es productiva, pero la sensación general es esa: pérdida).

Y por último, tengo que ser un poco crítica con el final y el desenlace de la historia.

El conflicto se viene construyendo desde hace muchos libros. La magnitud de la gravedad de lo que están haciendo y del lío que se les viene (Gaia, diosa primordial, Gaia la que propuso matar a Urano, Gaia la que planeó el primer asesinato en la historia de la humanidad, Gaia la diosa de toda la tierra, despertando) se profundizaba y se volvía cada vez más apocalíptico. Y este libro, en su fórmula maquínica correcta, no alcanza el nivel de locura que venía prometiendo.

La batalla final y el enfrenamiento épico no se vuelven épicos. La solución es rápida, los riesgos nunca son demasiados y, como siempre, quizás esta vez más que nunca, sabemos tácitamente que a nadie le va a pasar nada (aunque se nos venga diciendo lo contrario en toda la novela). Se pierde el factor Martin* de forma estrepitosa y la adrenalina cae como montaña rusa. El final es un mimo, una caricia que no viene a consolar nada, porque en ningún momento se perdió nada.

Lo que la novela mantiene inamovible es el tono jocoso y las interacciones desopilantes que, por lo general, incluyen a Percy. En ese sentido Riordan es fiel a su estilo y continua mezclando la mitología con cuestiones y expresiones bien contemporáneas.

Entonces, ¿es un libro entretenido? ¿Logra saciar la necesidad de saber qué pasa con estos personajes, cómo se cierran algunas historias muy abiertas, qué pasa después del apocalipsis que se viene anunciando hace tanto? Sí, por supuesto. La lectura es adictiva, como siempre; las ansias por saber qué pasa no se van nunca; el anhelo de escuchar qué piensan los personajes, qué dicen, cómo resuelven las cosas, se mantiene firme. El libro funciona, su fórmula tiene éxito. Pero, en mi opinión, un libro como este, que viene construyendo tanto durante tanto tiempo, no puede descansar sólo en una fórmula que permita cerrar de forma redonda las cosas que habían quedado abiertas.



Cerrada esta reseña (¡qué difícil reseñar esto, cuántas cosas para decir y con cuántas me quedo dando vueltas todavía!), una nota de color y de ánimos es que, al final del libro, se anuncia la nueva saga de Riordan:

"Magnus Chase siempre fue un niño con problemas. Desde la misteriosa muerte de su madre, él ha vivido solo en las calles de Boston, sobreviviendo gracias a su astucia y manteniéndose un paso adelante de la policía. Un día, un tío que nunca había conocido - y que su madre le había dicho que era peligroso - logra ubicarlo. Su tío le dice un secreto imposible: Magnus es el hijo de un dios nórdico. Los mitos vikingos son ciertos. Los dioses de Asgard se están preparando para la guerra. Trols, gigantes y monstruos aún peores se están despertando para el apocalipsis. Para prevenir el Ragnarok, Magnus debe buscar en los nueve mundos un arma que se perdió hace miles de años. Cuando un ataque de los gigantes de fuego lo obligue a elegir entre su propia seguridad y la vida de miles de inocentes, Magnus tomará una decisión fatal. A veces, la única forma de empezar una vida nueva es morir..."




¡Más dioses! ¡Más personajes! ¡CAOS!
No sé nada más que lo que propone la sinopsis, pero lo que puedo intuir (porque alguna pista sutil da La sangre del Olimpo y porque algo mencionó Riordan muy al pasar) es que Mangus Chase tiene algún tipo de vínculo con Annabeth Chase.
Odio ser tan predecible, pero eso es todo lo que necesito saber para anotarme en esta nueva locura.


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*Factor Martin: Inspirado en G.R.R. Martin y sus tragedias en Juego de Tronos, me parece que esto me puede funcionar como concepto aplicable a la literatura en general. Es el nivel (masivo o no) de inseguridad que genera un libro sobre la certeza que tienen los lectores de que los personajes van a sobrevivir y van a salir enteros de sus aventuras. Riordan, en este caso, lo mata.




24 sept 2014

Desafío imposible: diez libros que me hayan marcado

Los desafíos están de moda, y me llegó la invitación a uno que no me hace muy feliz. Fede, un amigo-enemigo en este caso, me pidió que listara los diez libros que me hayan marcado, de una forma u otra, a lo largo de mi vida.

Tremendo, ¿no?

¿Cómo se hace esto? ¿Cómo se eligen sólo diez? ¿Cómo hace un libro para "marcarte"?

Hay muchas incógnitas y el TOC se me dispara por todas partes, pero en un afán de hacer comunión y sumarme a la ola de desafíos, voy a tratar de nombrar diez libros, sin orden alguno, y explicar porqué creo que me "marcaron".


1. Harry Potter (sed libres para elegir el tomo; yo elijo todos), J.K. Rowling.
¡Sorpresa! Nadie se sorprende. De hecho, todo el mundo debe poner Harry Potter en su desafío. ¿Cómo no ponerlo? Para mí, fue conocer la obsesión, el deseo animal de conseguir un libro atrás del otro y devorarlo. Esta saga me prendió una chispa en la imaginación que encendió fuego todo e hizo desastres. Nada jamás me motivó tanto a leer como estos libros. Harry Potter entra en la lista porque me hizo conocer el verdadero placer visceral de la lectura.

2. The catcher in the rye, J.D. Salinger.
No puedo escribir el título de la traducción, así que perdonen. Un libro sobre nada que lo cuenta todo. Salinger logró tocar una fibra muy irracional y apasionada con Holden. Hubo algo en esas palabras que me sumergieron en la angustia existencial y en el vaivén carente de sentido de la vida. Lo entendí (es decir, entendí que no entendía nada) y me encantó. No sé, una profesora una vez me dijo que a Salinger lo odiás o sentís que escribe sólo para vos. Yo siento que dedicó su vida a escribirme libros.

3. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.
Gabo (¿conté alguna vez que me puse a llorar el día que me enteré que se había muerto? Así viene esto) me dio a conocer el realismo mágico (¿no suena excelente ese nombre? Realismo mágico ¡¿Cómo la realidad puede ser mágica?! Este libro me explicó qué era eso) y desde entonces se abrió una puerta que no pude cerrar nunca. Cien años de soledad es una vida entera, una revisión completa de la humanidad y, sobre todo, una historia llena de emociones y encuentros que elevan la realidad a algo mejor.

4. Ensayo sobre la ceguera, José Saramago.
Cuando se murió Saramago, también lloré. Este libro me mostró que se puede hacer lo que se quiera con las palabras y que mientras tanto se puede contar una historia desesperante y brillante. Lo empecé y la vida me llevó a terminarlo casi el mismo día. La crudeza de lo que contaba se servía en bandeja de plata: palabras atadas unas a otra, en una sucesión vertiginosa, sin puntos ni comas, sin rayas de diálogo o respiros.

5. Los días del venado / la sombra / el fuego, Liliana Bodoc.
Esta saga me enseñó que se puede ser argentino y escribir fantasía de la buena. Descubrí que Bodoc tenía la capacidad de hilar palabras y hacerlas rezumar sabores y colores para que contaran la historia de pueblos extraños y en guerra. Fue caer en un hechizo y despertar con la convicción de que hacer esto acá es posible.

6. Matar a un ruiseñor, Harper Lee.
Hay algo perturbador y dulce sobre este libro. Quizás sea el punto de vista de la narración, una nena de seis años, logrado con una perfección absoluta. O tal vez sea que desde su inocencia somos testigos de algunos hechos atroces en ese pueblo. Capaz que sólo fue la figura misteriosa de Boo Radley, dando vueltas, originando leyendas y rompiendo estereotipos.

7. La ladrona de libros, Markus Zusak.
Nuevamente, otro libro que me enseñó que parte del arte de escribir es animarse a hacer cualquier cosa. La ladrona de libros tiene una narradora brillante y para nada convencional, y una estructura que no debería funcionar y que, sin embargo, es perfecta. Y encima hay que sumarle que la historia es terrible, cruel y profundamente inspiradora.

8. Buenos presagios, Neil Gaiman & Terry Pratchett.
A este libro no lo vi venir. A veces uno sabe que está a punto de leer algo que le va a cambiar la vida y se prepara. A mí este me dio un cachetazo y se abrió un lugar en esta lista solito. Buenos presagios me mostró que se podía narrar una historia larga y densa desde el más puro y ocurrente humor; que era posible que el eje de una historia fuese la risa y que todos los personajes podían optar por tomarse las cosas con humor sin que se perdiera la gravedad de lo narrado. Sólo Gaiman y Pratchett.

9. Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll / Peter Pan, J.M. Barrie.
No puedo evitarlo, como futura investigadora de estos libros, tengo que ubicarlos juntos. Es mi desafío, mi lista, hago lo que quiero. Estas novelas son rarezas, son para niños y tienen un subtexto profundamente escalofriante. Nada me gusta más que las novelas que me dejan una sensación de horror silenciado. Plus: protagonistas irreverentes.

10. Matadero cinco, Kurt Vonnegut.
Este libro también me reveló algo nuevo: cuando la historia que se quiere contar es demasiado dolorosa y angustiante, hay que meter en el medio aliens y viajes en el tiempo. De vuelta, la experimentación y los riesgos construyen una historia brillante que, de forma increíble, logra contar lo imposible, un hecho para el cual no alcanzan las palabras.


Runner-up:
Me quedaron afuera de la lista otros miles de libros. De hecho no voy a revisar la lista que hice porque seguro entro en crisis y quiero cambiar todo. Ya se me están ocurriendo títulos que deberían estar ahí arriba. Pero sí quisiera hacer una mención de honor a La guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, porque también me mostró cómo hacer humor disparatado del bueno. Y además es ciencia ficción pura.



Siento que me arranqué el corazón. Estoy agotada. Es como si te preguntaran cuál es tu hijo favorito (ni idea, no tengo hijos, pero quizás se sienta así). Espero haber alcanzado las expectativas de los anónimos que hayan inventado este cruel desafío.




21 sept 2014

The girl with all the gifts

The girl with all the gifts, M. R. Carey, 2014. Orbit.
No todo don es una bendición.
Todas las mañanas, Melanie espera en su celda a que la vengan a buscar para ir a clase.
Cuando la buscan, el Sargento Parks le apunta con su arma todo el tiempo, mientras otros dos soldados la atan a una silla de ruedas. Ella cree que no la quieren. Ella bromea con que no los va a morder. Pero ninguno ríe.
Melanie es una niña muy especial.
Otra vez, un libro que me llevo tiempo procesar para poder reseñar. No lo conocía, no tenía idea de qué trataba, pero leí un par de reseñas y la curiosidad pudo más. Meses después, la historia todavía me persigue y me maravilla.

Este es uno de esos libros que conviene leer sabiendo lo menos posible. La sinopsis ya trabaja con eso: sugerir y presentar a la protagonista pero no dar datos certeros sobre qué es lo que realmente está pasando. Esto hace que escribir una reseña se complique un poco.

Qué es lo que sí puedo decir sobre este libro:

Tiene un trabajo muy detallado y elaborado en la narración. Las imágenes que presenta son fuertes y convincentes, con giros calculados y un control asombroso de la velocidad de la acción. Juega mucho con el misterio y presenta piezas de un rompecabezas que el lector va armando poco a poco, casi a la par de la protagonista.

Ese es otro elemento, la protagonista. Melanie tiene diez años, vive en una celda y no sabe porqué la atan a una silla de ruedas y la llevan a una clase con otros niños atados a sillas de ruedas. Tampoco sabe porqué su maestra favorita, Miss Justineau, se pone triste cuando ella habla sobre lo que quiere ser cuando sea grande. La novela logra poner en el centro a una protagonista en la que no se puede confiar (a nivel de la trama y a veces a nivel narrativo) y logra generar sentimientos ambivalentes sobre su verdadera condición. ¿Cómo puede haber tantas sombras y secretos alrededor de una nena de diez años? ¿Cómo puede ser que genere tanto miedo?

La novela, además, presenta una de las innovaciones más interesantes dentro de la literatura de ciencia ficción que leí en este último tiempo, porque basa el despliegue de un factor clave en la trama en un patógeno basado en un hongo que realmente existe (¡piel de gallina y pesadillas aseguradas!). Hay un trabajo muy meticuloso en la forma en que se despliega la ciencia y, al mismo tiempo, hay mucho cuidado en la forma en que se presentan estos temas: siempre se comprende qué está pasando y qué significan las referencias médicas y jamás se vuelve pesado. Todo un logro dada la magnitud de lo que se propone.

A esto se le suma un desarrollo muy interesante de personajes diversos y marcados por las circunstancias difíciles en las que viven, que despliegan vinculaciones reales y coherentes dentro de las situaciones que tienen que atravesar.

Y, como si fuera poco, The girl with all the gifts tiene uno de los MEJORES finales que leí en toda mi vida. Es coherente, es crudo y se corresponde a la perfección con el tono que toma el desarrollo de la historia. In-cre-í-ble.

Esta es, sin duda, una de las mejores novelas que leí en lo que va del año. The girl with all the gifts trae lo mejor de la ciencia ficción: una historia postapocalíptica muy realista y posible,
cargada de misterio y suspenso, una atmósfera espeluznante y alienada, personajes atípicos con historias y decisiones densas, una propuesta científica que retuerce los estereotipos trillados y un final que es una bomba.

Leanlo y disfruten (y sufran).


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