lunes, 18 de septiembre de 2017

Siempre hemos vivido en el castillo

Una pequeña reseña, casi una estela de palabras, en medio del silencio de estos meses. Y el libro que lo consiguió fue Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson. Es una novela breve, pequeña, con una fuerza inesperada.

La trama, tal vez, puede intuirse, hasta incluso, en algún momento, preverse. Pero Shirley Jackson hace un trabajo magistral con su narradora, Mary Katherine "Merricat" Blackwood. Inocente y terriblemente perversa al mismo tiempo, Mary es capaz de pensar a la vez en cuánto le gustaría vivir en la luna y en cuánto desearía que la gente del pueblo se ahogara con sus propias lenguas y muriera. Y es a través de ella que al lector le llega la historia de los Blackwood, la familia condenada al aislamiento.

El registro se mantiene en un límite perfecto, que logra atrapar al lector y convencerlo de confiar en Mary Katherine, pero sin perder nunca de vista el borde filoso del personaje. 

Otro gran logro de la autora es el manejo de las relaciones de poder entre los personajes. Al comienzo de la novela, la construcción de los vínculos entre los Blackwood se presenta de un modo sólido, establecido y determinado y, con mucha sutileza y sin perder la verosimilitud, Shirley Jackson los hace mutar e invertirse. El cambio es muy suave y la transformación final se vuelve como la revelación de un tejido que siempre había estado presente en la historia y que los lectores no habíamos podido ver realmente sino hasta ese momento.

Una familia rota, el odio de un pueblo, una mansión gótica y llena de tazas de té y una narradora dulce y preciosa como un espejo quebrado. Siempre hemos vivido en el castillo es una historia en la que da placer ser el lector. 

viernes, 9 de junio de 2017

Pequeña crónica de una visita

Estoy participando, hace ya dos meses, del seminario de narrativa juvenil que está dictando Lidia Blanco en La Nube. El objetivo, si es que hay uno solo, es abrir el diálogo, la reflexión y el análisis de los textos escritos para adolescentes en Argentina. Así que nos dedicamos a leer, a conversar, a pensar y a recomendar lecturas.

En el marco de estas clases, el día de ayer vino Paula Bombara, una de las autoras sobre la que hemos trabajado, a conversar y merendar.

Todos sabemos que siempre es hermoso y revelador conversar con autores.

Paula estuvo toda la clase con nosotras y, con mates y cosas dulces dando vueltas, nos hizo un recorrido a través de todas sus novelas juveniles, contándonos sus búsquedas, sus decisiones, su trabajo de investigación y escritura, y pequeñas anécdotas llenas de color, entre otras cosas.

Paula y Lidia, al comienzo de la tarde.
Nos contó, por ejemplo, que para escribir El mar y la serpiente, su primera novela, hizo un trabajo intenso de mucha búsqueda para lograr el registro infantil del personaje. Y que se pasó tardes en el arenero de una plaza, haciendo que leía para escuchar cómo hablaban los niños. Que fue buscando ese lugar de incomodidad para narrar como una niña que está entrando al lenguaje. 

O que La chica pájaro nació cuando nació Mara, personaje que se le apareció luego de presenciar desde afuera una escena de violencia. Y que Mara le fue contando su historia y ella tuvo que optar por contarla desde esa misma perspectiva, con la intensidad y la destrucción que le ofrecía esa mirada, dejando de lado los grises y las vueltas de la trama.

Y también que Una casa de secretos empezó a gestarse a partir de la pregunta "¿qué hace la industria del arte con el arte?", una pregunta que le surgió luego de mirar una subasta. Y que desde ahí empezaron a crecer las ideas, las imágenes sobre la vida de Van Gogh, la idea de una Odile que sí supiera apreciar el arte... Y todo el trabajo de historia y de búsqueda de voces que vino después.

Nos contó sobre algunos de sus encuentros con lectores, sobre los comentarios, críticas e impresiones que ha recibido, y sobre las impresiones que le fueron quedando a ella después de estos encuentros. Y nos dijo que ella también busca salir transformada de la escritura de cada novela, que quiere aprender de cada historia y de cada personaje.

La tarde se pasó rápido y, si la noche no se nos hubiera venido encima, seguramente habríamos hecho más preguntas y Paula nos hubiera contado más cosas.

Esto ocurre en los encuentros entre un escritor y sus lectores: compartir los lugares que fueron cruzados y marcados por la historia leída/escrita altera el tiempo y siempre, siempre, deja con ganas de más, de otra anécdota, de otro testimonio, de nuevas historias.

Y eso pasó ayer. Gracias, Paula.

jueves, 6 de abril de 2017

La trilogía del nuevo Sherlock

El camino de Sherlock, No es fácil ser Watson y No me digas Bond son los libros de Andrea Ferrari (todos de editorial Santillana/Loqueleo) que conforman la trilogía de Francisco Méndez, un chico de apenas 14 años que es fanático hasta la médula de Sherlock Holmes y sus historias.

Cada novela se centra en un período de vida distinto del protagonista y tiene como eje central la resolución de un crimen o misterio, respetando los rasgos propios del género policial. Francisco Méndez, por supuesto, se pone en la piel del detective y es el encargado principal de resolver cada caso.

Las tres novelas son entretenidas en cuanto a la trama y al misterio que presenta cada una, pero lo más interesante de la trilogía radica, esencialmente, en la reactualización del personaje de Holmes. Andrea Ferrari logra acercar los rasgos clásicos del personaje y presentarlos en un estudiante de secundaria con fluidez y naturalidad. Es el primer libro, en este sentido, el que mejor ilustra al personaje con todas sus peculiaridades, dado que, además de presentarlo, está narrado por él mismo. Francisco Méndez es astuto, inteligente, solitario y tímido, y experimenta todas las dificultades sociales propias de un adolescente que, en esencia —y en el fondo—, también quiere ser parte, sentirse uno más, ser incluido. 

La narración, tanto en el primer libro como en los siguientes, en los que el punto de vista varía, está salpicada con frases textuales de diálogos de Holmes provenientes de las novelas de Conan Doyle, que ilustran a la perfección las situaciones que atraviesan los chicos. Este recurso permite introducir de manera divertida el carácter del Holmes original y hacer referencia a los textos clásicos.

A Francisco lo acompaña la nueva versión de Watson, otro chico que tiene una personalidad mucho menos marcada pero que logra hacer de contrapeso para la seriedad y la erudición de su amigo (y que ofrece el componente más desafiante para Sherlock: el interés por el género femenino). La segunda novela, fiel también a la narración de Doyle, ya sí aparece narrada por él. De este modo, como cierre de las aventuras, la tercera ofrece una narración alternada: algunos capítulos quedan a cargo de Holmes y, otros, de Watson.

Con tramas policiales verosímiles y entretenidas, estas novelas logran actualizar de modo original y entretenido a Holmes y Watson, sumergiéndolos en la realidad adolescente y permitiéndoles moverse con naturalidad en ese ambiente.

domingo, 19 de marzo de 2017

Solo tres segundos

Solo tres segundos, de Paula Bombara (Norma, 2011), es una de esas novelas a las que conviene entrar sin referencias ni pistas sobre por dónde irá la trama. Será desafío para mí, entonces, poder escribir una reseña que no adelante ni eche luces confusas sobre esta historia. 

Puedo comenzar, por ejemplo, señalando que de todas las novelas de Paula que leí hasta ahora, esta es la que más me conmovió. No en un sentido lacrimógeno sino más bien estructural: mientras leía, di vuelta una página, convencida de por dónde avanzaría la historia, a la espera de otro capítulo que me trajera las mismas voces y, de pronto, toda certeza y sensación de previsión se me estrellaron contra aquel nuevo capítulo. Mi horizonte de expectativas acababa de quebrarse por completo.

Y la novela continuó y yo tuve que adaptarme a ella. No, reformulo, quise desesperadamente adaptarme a ella porque ahora necesitaba encontrar el orden y las voces nuevas, y construir con todo eso otra idea sobre esta historia.

Cuando la terminé, me di cuenta del lío: seguir la novela me había llevado a un proceso inesperado (en la identificación con los personajes, en las expectativas y las ideas que me había hecho de la historia en desarrollo) y lo había logrado gracias a —vamos a llamarlo de este modo— una grieta increíble en el medio de la trama. Y no sé si ese me resultaba un recurso bien limpio. No sé si estaba de acuerdo con ese manejo de la historia, que me llevaba a preguntarme cuál era la intención, el conflicto; si esa vuelta de tuerca no era un capricho, un "porque sí".

Y quizás esa grieta es todo eso.

Pero la verdad es también que gracias a ella tuve una lectura inesperada y sorprendente, que me llevó a reevaluar cómo venía considerando la historia y qué era lo que había ubicado como el conflicto. Porque, quizás, el conflicto era este en realidad: que los personajes y yo, lectora, nos cruzáramos con la grieta y, de pronto, todo tuviera que volverse a revisar, a calcular. Que en un cambio de página, de capítulo, en una distracción, en solo tres segundos, tuviésemos de pronto que volver a pensar en lo que ya creíamos haber entendido y comprender qué no, que todo está aún por verse, incluso la literatura y sus modos.

sábado, 4 de febrero de 2017

The Female of the Species

The Female of the Species (Mindy McGinnis, 2016) cuenta la historia de Alex, una chica que hace tres años se encargó de matar al asesino y violador de su hermana mayor porque la justicia no hizo nada.
"You see it in all animals - the female of the species is more deadly than the male".
La novela es hija de estos tiempos: hay un cuestionamiento bien elaborado de la cultura de la violación, del machismo instalado y de la denigración de la mujer que no se vuelve un discurso teórico insulso o fanático. No, por el contrario, la historia plantea preguntas y desacuerdos a partir de pequeños eventos, situaciones cotidianas e “inofensivas”, pero bien explícitas.

"Boys will be boys" es una de las frases que nadie dice en voz alta pero que sí cita la protagonista para indicar cuál es el justificativo social para todas las atrocidades y vulgaridades que suceden y nadie cuestiona.

Y si bien es cierto que la estructuración de Alex, la protagonista, no es tan creíble, incluso cuando luego de la mitad de la novela la autora comienza a trabajar con ella de otro modo, explorando su costado “más humano” (y ahí aparecen algunos clichés ya muy leídos en la literatura juvenil), es real que el trabajo con los personajes femeninos es muy sólido y profundo.

Hay una búsqueda importante por entender y hacer visibles las motivaciones e impulsos que llevan a las chicas adolescentes a mostrarse y buscar aprobación, a pelearse y odiarse, pero también a ayudarse y defenderse. Los tres personajes femeninos secundarios se desarrollan con vitalidad y mucho realismo, quizás a veces exagerando ciertas actitudes, pero siempre mostrando el peso que las imposiciones sociales tienen sobre ellas. Es quizás el trabajo con los personajes masculinos el que no avanza demasiado y pierde fuerza, sobre todo al final. 

La novela es interesante y está escrita de un modo sencillo, llevadero y que invita al lector a entrar en diálogo con las preguntas que propone sobre la cultura sexual, lo "socialmente aceptado", la violencia física y verbal, la culpa y el castigo. Sin embargo, su fuerza radica en las ideas y no tanto en la historia. El final, de hecho, es insulso y desarma el desarrollo para que sólo queden como recuerdo de la lectura los cuestionamientos propuestos y nada más. Pero es una lectura para estos tiempos y las culturas de hoy, en las que ya no todo se acepta en silencio, y no puedo evitar preguntarme qué pensará un adolescente al leer semejante novela.



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