viernes, 19 de diciembre de 2014

Reflexiones sobre un (medio) año más de taller

El año pasado tomé una gran decisión: opté por pasar de las monografías que me pedía la facultad a la escritura de algo que me resultara un poquitito más interesante. Y navegando por facebook encontré la oportunidad perfecta: Eduardo Abel Giménez ofrecía la posibilidad de empezar a mitad de año en su taller literario.

Era joven e inocente y me atemorizó la idea de que Eduardo fuese un gran escritor, sabio y conocedor de las palabras y yo, una pobre novata.

Pero el taller fue de todo (tardes enteras leyendo, opinando, compartiendo, comentando escritores, géneros, errores, tomando té, comiendo cosas caseras, riéndonos de los "su", "mi" y los adjetivos antes de los sustantivos) menos el pánico que yo esperaba. y no sé porqué no me animé a escribir una "reseña" de mi tiempo ahí. Quizás por vergüenza, vergüenza de hablar de algo tan personal como la escritura (¡la vergüenza será mi perdición!). Perdón, Eduardo. Fue maravilloso y la nada que llevé esa primera tarde se convirtió en una primera experiencia con la escritura fuera del ámbito académico muy cercana, adictiva y graciosa.

Pero este año, por motivos académicos (es decir, monografías que pedían a gritos atención y tiempo de escritura, oh, la ironía de la vida), no pude seguir. Pero, nuevamente, a mitad de año me harté de la nada y busqué ayuda, un poquito más cerca de casa.

Así me llegó otra oportunidad: Verónica Sukaczer (¡otra gran escritora, nuevos nervios!) también abría las puertas a su taller literario. Me mandé.

Y ayer tuvimos la última clase del año y además de leer, escribir, comer garrapiñadas y brindar con coca, hicimos un balance del año. Medio año, en mi caso.

Lo dije, lo repito y lo cuento: 

Escribir siempre me había parecido un trabajo de dioses. Era sólo para los elegidos, los iluminados por el cosmos de la inspiración, los poseedores de los secretos de las letras. Siempre fue una pintura que se podía apreciar y admirar, pero también siempre una pregunta inabarcable: ¡¿Y cómo hacen para hacer esto?! 

Durante mucho tiempo la respuesta fue: "Es imposible"

Pero ayer el balance del año me llevó a decir, y agradecer, otra respuesta: es posible. Este año terminé de entender que se puede escribir y que escribir es ¡tan difícil! ¡Y tan lindo! Es armar un rompecabezas del que un día se tiene una primera imagen pero que nunca se consigue ver entero hasta no lograr hacer encastrar todas las piezas.

Lleva tiempo, cuesta y da ganas de arrancarse los pelos. Todo lo que siempre dijeron esos autores que escriben sobre escribir. Pero esta vez lo vi de cerca, lo experimenté corrigiendo una y otra y otra vez un mismo cuento. Y lo creí y lo acepté.

Este año aprendí a ver las costuras, las articulaciones, los secretos detrás del truco de magia que no simplifican el arte de sentarse a escribir, pero que echan luz sobre cómo animarse a hacerlo.

De nuevo me llevo muchas herramientas, ideas sueltas, anécdotas que podrían crecer y papeles escritos hasta en los márgenes.

Gracias Eduardo por la primera semilla. Gracias Verónica por los primeros cuidados (y recortes y mates y "¿esto para qué sirve?" y "¿esto es necesario?" y "esto está muy bueno"). Espero el año que viene poder hacer un balance de un año entero, agregando que la pila de papeles escritos supera la de las páginas en blanco.

2 comentarios:

  1. ¡Qué lindo esto que escribiste! Yo llevo años ya queriendo formar parte de algún taller literario pero por varias razones hasta ahora no pude. ¡Que el próximo año sea todavía más productivo literariamente para vos!

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    1. ¡Ay, muchas gracias! Te digo, le tuve mucha cosa durante bastante tiempo a los talleres, hasta que me decidí y vi que realmente cambian la experiencia en la escritura. ¡Ojalá algún día puedas participar de alguno y compartamos escrituras!

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