lunes, 11 de diciembre de 2017

Nada

Me recomendaron esta novela, Nada, de Janne Teller, una danesa sobre quien jamás había escuchado hablar. Y me contaron que había sido censurada, que era muy controversial y, sobre todo, que leerla cortaba la respiración.
No necesitaba saber más.

Nada cuenta la historia de un grupo de casi adolescentes que, cuando uno de sus compañeros se da cuenta de que la vida no tiene sentido y se trepa a un árbol, abandonándolo todo, deciden entregar cosas que para ellos sí tienen sentido, y armar una pila para tratar de hacerlo cambiar de opinión.

Dónde está la falta de aire: en que esos sacrificios se vuelven cada vez más extremos; en que la búsqueda de sentido cada vez se hace más desesperada.

Efectivamente la lectura es terriblemente incómoda. Es seca, fría, y ofrece un tono calmo en escenas donde la brutalidad se roba el escenario. Sin embargo, la narración es en absoluto morbosa ni escabrosa o sensacionalista. Para nada. Janne Teller logra una primera voz narradora asombrosa, que ofrece las preguntas y búsquedas propias de un niño que avanza hacia la adolescencia sin exagerar, valiéndose de sus silencios para dejarle al lector los detalles de cada escena suspendidos en el misterio. Así, mediante elipsis y descripciones casi superficiales, aéreas, la novela adquiere una atmósfera pesadísima.

Me ocurrió que más de una vez tuve que dejar de leer, pero no porque lo que se contara fuese tremendo o escandaloso sino porque la narración me terminaba ahogando. Y es una maravilla, porque el ahogo se logra con un estilo breve, directo. 

La narración está estructurada, en varias ocasiones, con adelantos de información que, sorpresivamente, no aflojan la tensión ni alivian al lector. Por el contrario, sólo inflan la desolación que va marcando la búsqueda de estos jóvenes y las cosas que deciden hacer.

Como dato extra, me pareció muy interesante el rol ausente de las figuras adultas en esta novela (sólo el maestro tiene nombre, por ejemplo, justo el maestro) y cómo, cuando aparecen, en realidad solo profundizan más la sensación ominosa que marca el relato.

Nada es una novela fuerte, pesada en su clima y desesperante en su tema, que desacraliza la infancia, la noción de amistad infantil y, sobre todo, la idea de una vida con sentido. No alivia, no cede y no deja un buen gusto y es por todo eso que se vuelve una lectura que deja huella, una dolorosa, pero huella al fin.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Un año más de alumnos, lectura y escritura

Con el final de clases del viernes pasado, llegó también, para mí, el momento de revisar cómo fue el año de trabajo en el colegio, como profesora de lengua y literatura de jóvenes (a veces) entusiastas de segundos y terceros años.

Fue un ciclo escolar de mucha búsqueda. Me había quedado con la sensación de que el año anterior no había sido del todo satisfactorio. Algo en cómo evaluaba y trabajaba con mis alumnos no me terminaba de gustar. Que memorizaran cuestiones de teoría literaria pero luego no pudiesen leer con gusto una novela no me convencía en absoluto.

Así que en esta ocasión probé otras cosas, repetí algunas que ya conocía pero con otras vueltas, y, sobre todo, me pregunté todo el tiempo de qué modo podía animar a mis alumnos a leer y a desafiarse a escribir.

Y fue un año de muchas sorpresas.

La primera, por ejemplo, fue que, como leímos Algo que domina el mundo, de Franco Vaccarini, con los terceros años y, luego, Los nombres prestados, de Verónica Sukaczer, con los segundos, tuvimos la suerte de que ambos autores vinieran a visitar a los chicos, a charlar con ellos y a compartir un rato de anécdotas sobre la magia de la escritura. Fueron ratos amenos y los chicos escucharon atentos, preguntaron con curiosidad, se rieron de las historias que contaban. Encontrarse con los artífices de las historias que habían leído les resultó distinto y muy cercano.

Busqué también que este año les pudiera ofrecer a los alumnos la posibilidad de disfrutar las lecturas, y por eso me concentré en leer autores argentinos contemporáneos de literatura juvenil con los segundos años. Pasamos por Nunca seré un superhéroe, de Antonio Santa Ana, El camino de Sherlock, de Andrea Ferrari, y luego ellos pudieron elegir entre La oscuridad de los colores, de Martín Blasco, El equipo de los sueños, de Sergio Olguín, y El rastro de la serpiente, de Laura Escudero. Y esto también trajo sorpresas porque el trabajo con estos tres últimos libros fue muy creativo (¡y entusiasta!), y los chicos se encargaron de armar modos originales para presentar lo más importante de esas historias. Por ejemplo:

Una maqueta que representa la ciudad y la villa en El equipo de los sueños, y un puente que une ambos lugares, el puente que construyen los personajes principales de la novela.

Una representación de cada personaje en La oscuridad de los colores, basada en la metáfora de las escaleras utilizada por el hipnotista.
Para los terceros años busqué el modo de que las lecturas, que eran clásicas, de períodos más antiguos, y de diversos géneros, pudieran volverse contemporáneas y actuales. Así es como, por ejemplo, luego de leer Macbeth de William Shakespeare, los chicos repensaron la historia en el tiempo actual y eligieron una escena para reescribir y actuar. Así salieron Macbeths jefes de la mafia, presidente corrupto, director de colegio, y hasta actor resentido.

Con todos los cursos buscamos trabajar mucho la escritura ("¡No, profe! ¡Me da dolor de cabeza!"). Y todo lo que costó, lo que trabajamos, lo que corregimos, revisamos y editamos, dio como fruto una revista literaria, que ofrece una pequeña selección de todo lo hecho durante el año. Allí aparecen los ensayos que escribieron los chicos de tercero, en los que comparan el uso de la ciencia ficción en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y la película La llegada, de Denis Villeneuve, que también vimos en clase (¡y que dio hermosos dolores de cabeza y de lenguaje!). Están también los poemas escritos por los chicos de segundo, que surgieron luego de un extenso y profundo trabajo de lectura y análisis de diversos poemas (ese fue otro desafío), y están los microrrelatos de horror y las autobiografías lectoras que escribieron. Esta revista existe, y es de los alumnos, y la pueden leer por acá:



Fue un año de búsquedas, de intentos, de ofrecerles propuestas a los alumnos y que con ellos terminaran de tomar forma. Estos ejemplos de arriba son solo algunas de las actividades que fuimos haciendo. Fue también un año de certezas, de que, no importa cómo, el objetivo es compartir el gusto por la lectura y la escritura con los alumnos, más allá de los ajustes, de las notas, porque registré también que sus respuestas fueron más vivas, más entusiastas y comprometidas. Fue un año de avanzar juntos, ellos y yo, por los modos que tiene la literatura de alcanzarnos, y fue un tiempo de descubrir las formas particulares en que cada uno de ellos se deja apelar y conmover por la lectura.

Termino el ciclo lectivo mucho más contenta que el anterior y, sobre todo, mucho más confiada en que la pista es esta, seguir buscando cómo acompañar a los alumnos a dejarse alcanzar por la literatura, porque cuando eso sucede, la escritura se vuelve una necesidad.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Con la infancia a cuestas - FILBITA

Ayer tuve la posibilidad, junto con un compañero literario, de participar del panel "Con la infancia a cuestas", como parte del FILBITA.

Supe que quería participar cuando Florencia Gattari, quien formó parte del panel, me contó hace meses que allí estaría también David Almond, autor inglés que leí en algunas ocasiones (de hecho, por acá reseñé Arcilla, una gran novela de él) y que, en todas ellas, me encantó. Que estuviera en Argentina y participando de un festival de literatura infantil me resultó increíble, y decidí que tenía que estar ahí sí o sí.

Y, si bien iba con el objetivo claro de poder ver a Almond, tal vez saludarlo, y/o en una de esas, lograr que me firmara un libro, no sólo logré esos tres cometidos sino que, además, me encontré con un panel variado y sumamente interesante y cercano.
Junto a Florencia Gattari y el señor Almond estaban además Patsy Aldana, una editora reconocida que vive en Canadá, y Gustavo Martín Garzo, un autor español. Ellos, acompañados por Victoria R. Lacrouts como moderadora, conversaron sobre qué es la infancia, cuál es su alcance, si es posible o no que trascienda los límites de la edad y, de yapa, sobre qué significa escribir para niños.
Fue un diálogo muy fluido y realmente variado. Surgieron distintas ideas y posturas sobre cómo acceder, desde la adultez, a la experiencia de la infancia, y sobre el peso que tienen los libros para niños.

De izquierda a derecha: Lacrouts, Gattari, Aldana, Garzo, Almond y su intérprete.
David Almond contó, por ejemplo, cómo, mientras escribía Skellig, otra hermosa novela, se dio cuenta de que tenía que narrar cómo su protagonista descubría alas en la espalda de otro personaje y que pensó: "¡No puedo escribir eso! Ah, no, sí puedo hacerlo porque estoy escribiendo para niños". Y que desde ese momento, Skellig se transformó en su primera novela para niños.
Se conversó, entonces, sobre cómo con los niños se puede ser directo en la escritura y no así siempre con los adultos; y sobre cómo también todos los temas son posibles de narrar si se encuentra el modo.

Fue una tarde de compañía literaria, de grandes voces con ideas cercanas y diversas, y de encuentro con el amor por la literatura, desde distintos lugares y en distintos idiomas. Y sí, también, logré hablar un poquito con David Almond y que me firmara un libro. Una experiencia FILBITA impecable.



lunes, 18 de septiembre de 2017

Siempre hemos vivido en el castillo

Una pequeña reseña, casi una estela de palabras, en medio del silencio de estos meses. Y el libro que lo consiguió fue Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson. Es una novela breve, pequeña, con una fuerza inesperada.

La trama, tal vez, puede intuirse, hasta incluso, en algún momento, preverse. Pero Shirley Jackson hace un trabajo magistral con su narradora, Mary Katherine "Merricat" Blackwood. Inocente y terriblemente perversa al mismo tiempo, Mary es capaz de pensar a la vez en cuánto le gustaría vivir en la luna y en cuánto desearía que la gente del pueblo se ahogara con sus propias lenguas y muriera. Y es a través de ella que al lector le llega la historia de los Blackwood, la familia condenada al aislamiento.

El registro se mantiene en un límite perfecto, que logra atrapar al lector y convencerlo de confiar en Mary Katherine, pero sin perder nunca de vista el borde filoso del personaje. 

Otro gran logro de la autora es el manejo de las relaciones de poder entre los personajes. Al comienzo de la novela, la construcción de los vínculos entre los Blackwood se presenta de un modo sólido, establecido y determinado y, con mucha sutileza y sin perder la verosimilitud, Shirley Jackson los hace mutar e invertirse. El cambio es muy suave y la transformación final se vuelve como la revelación de un tejido que siempre había estado presente en la historia y que los lectores no habíamos podido ver realmente sino hasta ese momento.

Una familia rota, el odio de un pueblo, una mansión gótica y llena de tazas de té y una narradora dulce y preciosa como un espejo quebrado. Siempre hemos vivido en el castillo es una historia en la que da placer ser el lector. 

viernes, 9 de junio de 2017

Pequeña crónica de una visita

Estoy participando, hace ya dos meses, del seminario de narrativa juvenil que está dictando Lidia Blanco en La Nube. El objetivo, si es que hay uno solo, es abrir el diálogo, la reflexión y el análisis de los textos escritos para adolescentes en Argentina. Así que nos dedicamos a leer, a conversar, a pensar y a recomendar lecturas.

En el marco de estas clases, el día de ayer vino Paula Bombara, una de las autoras sobre la que hemos trabajado, a conversar y merendar.

Todos sabemos que siempre es hermoso y revelador conversar con autores.

Paula estuvo toda la clase con nosotras y, con mates y cosas dulces dando vueltas, nos hizo un recorrido a través de todas sus novelas juveniles, contándonos sus búsquedas, sus decisiones, su trabajo de investigación y escritura, y pequeñas anécdotas llenas de color, entre otras cosas.

Paula y Lidia, al comienzo de la tarde.
Nos contó, por ejemplo, que para escribir El mar y la serpiente, su primera novela, hizo un trabajo intenso de mucha búsqueda para lograr el registro infantil del personaje. Y que se pasó tardes en el arenero de una plaza, haciendo que leía para escuchar cómo hablaban los niños. Que fue buscando ese lugar de incomodidad para narrar como una niña que está entrando al lenguaje. 

O que La chica pájaro nació cuando nació Mara, personaje que se le apareció luego de presenciar desde afuera una escena de violencia. Y que Mara le fue contando su historia y ella tuvo que optar por contarla desde esa misma perspectiva, con la intensidad y la destrucción que le ofrecía esa mirada, dejando de lado los grises y las vueltas de la trama.

Y también que Una casa de secretos empezó a gestarse a partir de la pregunta "¿qué hace la industria del arte con el arte?", una pregunta que le surgió luego de mirar una subasta. Y que desde ahí empezaron a crecer las ideas, las imágenes sobre la vida de Van Gogh, la idea de una Odile que sí supiera apreciar el arte... Y todo el trabajo de historia y de búsqueda de voces que vino después.

Nos contó sobre algunos de sus encuentros con lectores, sobre los comentarios, críticas e impresiones que ha recibido, y sobre las impresiones que le fueron quedando a ella después de estos encuentros. Y nos dijo que ella también busca salir transformada de la escritura de cada novela, que quiere aprender de cada historia y de cada personaje.

La tarde se pasó rápido y, si la noche no se nos hubiera venido encima, seguramente habríamos hecho más preguntas y Paula nos hubiera contado más cosas.

Esto ocurre en los encuentros entre un escritor y sus lectores: compartir los lugares que fueron cruzados y marcados por la historia leída/escrita altera el tiempo y siempre, siempre, deja con ganas de más, de otra anécdota, de otro testimonio, de nuevas historias.

Y eso pasó ayer. Gracias, Paula.

jueves, 6 de abril de 2017

La trilogía del nuevo Sherlock

El camino de Sherlock, No es fácil ser Watson y No me digas Bond son los libros de Andrea Ferrari (todos de editorial Santillana/Loqueleo) que conforman la trilogía de Francisco Méndez, un chico de apenas 14 años que es fanático hasta la médula de Sherlock Holmes y sus historias.

Cada novela se centra en un período de vida distinto del protagonista y tiene como eje central la resolución de un crimen o misterio, respetando los rasgos propios del género policial. Francisco Méndez, por supuesto, se pone en la piel del detective y es el encargado principal de resolver cada caso.

Las tres novelas son entretenidas en cuanto a la trama y al misterio que presenta cada una, pero lo más interesante de la trilogía radica, esencialmente, en la reactualización del personaje de Holmes. Andrea Ferrari logra acercar los rasgos clásicos del personaje y presentarlos en un estudiante de secundaria con fluidez y naturalidad. Es el primer libro, en este sentido, el que mejor ilustra al personaje con todas sus peculiaridades, dado que, además de presentarlo, está narrado por él mismo. Francisco Méndez es astuto, inteligente, solitario y tímido, y experimenta todas las dificultades sociales propias de un adolescente que, en esencia —y en el fondo—, también quiere ser parte, sentirse uno más, ser incluido. 

La narración, tanto en el primer libro como en los siguientes, en los que el punto de vista varía, está salpicada con frases textuales de diálogos de Holmes provenientes de las novelas de Conan Doyle, que ilustran a la perfección las situaciones que atraviesan los chicos. Este recurso permite introducir de manera divertida el carácter del Holmes original y hacer referencia a los textos clásicos.

A Francisco lo acompaña la nueva versión de Watson, otro chico que tiene una personalidad mucho menos marcada pero que logra hacer de contrapeso para la seriedad y la erudición de su amigo (y que ofrece el componente más desafiante para Sherlock: el interés por el género femenino). La segunda novela, fiel también a la narración de Doyle, ya sí aparece narrada por él. De este modo, como cierre de las aventuras, la tercera ofrece una narración alternada: algunos capítulos quedan a cargo de Holmes y, otros, de Watson.

Con tramas policiales verosímiles y entretenidas, estas novelas logran actualizar de modo original y entretenido a Holmes y Watson, sumergiéndolos en la realidad adolescente y permitiéndoles moverse con naturalidad en ese ambiente.

domingo, 19 de marzo de 2017

Solo tres segundos

Solo tres segundos, de Paula Bombara (Norma, 2011), es una de esas novelas a las que conviene entrar sin referencias ni pistas sobre por dónde irá la trama. Será desafío para mí, entonces, poder escribir una reseña que no adelante ni eche luces confusas sobre esta historia. 

Puedo comenzar, por ejemplo, señalando que de todas las novelas de Paula que leí hasta ahora, esta es la que más me conmovió. No en un sentido lacrimógeno sino más bien estructural: mientras leía, di vuelta una página, convencida de por dónde avanzaría la historia, a la espera de otro capítulo que me trajera las mismas voces y, de pronto, toda certeza y sensación de previsión se me estrellaron contra aquel nuevo capítulo. Mi horizonte de expectativas acababa de quebrarse por completo.

Y la novela continuó y yo tuve que adaptarme a ella. No, reformulo, quise desesperadamente adaptarme a ella porque ahora necesitaba encontrar el orden y las voces nuevas, y construir con todo eso otra idea sobre esta historia.

Cuando la terminé, me di cuenta del lío: seguir la novela me había llevado a un proceso inesperado (en la identificación con los personajes, en las expectativas y las ideas que me había hecho de la historia en desarrollo) y lo había logrado gracias a —vamos a llamarlo de este modo— una grieta increíble en el medio de la trama. Y no sé si ese me resultaba un recurso bien limpio. No sé si estaba de acuerdo con ese manejo de la historia, que me llevaba a preguntarme cuál era la intención, el conflicto; si esa vuelta de tuerca no era un capricho, un "porque sí".

Y quizás esa grieta es todo eso.

Pero la verdad es también que gracias a ella tuve una lectura inesperada y sorprendente, que me llevó a reevaluar cómo venía considerando la historia y qué era lo que había ubicado como el conflicto. Porque, quizás, el conflicto era este en realidad: que los personajes y yo, lectora, nos cruzáramos con la grieta y, de pronto, todo tuviera que volverse a revisar, a calcular. Que en un cambio de página, de capítulo, en una distracción, en solo tres segundos, tuviésemos de pronto que volver a pensar en lo que ya creíamos haber entendido y comprender qué no, que todo está aún por verse, incluso la literatura y sus modos.
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