domingo, 24 de junio de 2018

La oscuridad de los colores

Dentro de una materia del Máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil nos pidieron que realizáramos una valoración crítica sobre un texto para adolescentes.
Aprovechando la libertad del trabajo y la posibilidad de hacer foco en alguna obra argentina, vi mi oportunidad para hacer una crítica de La oscuridad de los colores, de Martín Blasco. Es una novela que me sigue sorprendiendo (y a mis alumnos también) y que hacía tiempo que tenía ganas de revisar, reseñar y pensar.

Así que, acá, una adaptación de mi trabajo para el Máster, que me permitió sacarme el gusto de mirar bien de cerca esta novela:

La oscuridad de los colores es una novela de Martín Blasco, autor argentino, que fue publicada en 2015 por la editorial Norma, en Buenos Aires, dentro de la colección Zona Libre, que está destinada a un público juvenil.

La portada de la primera edición ofrece una imagen en tonos oscuros que presenta el ojo de una cerradura, marcado por huellas de manos, en un rojo que parece sangre, con un reloj de bolsillo también manchado de sangre y una mariposa. Es una portada sugerente, que rápidamente permite establecer asociaciones con los géneros marcados por el terror y el suspenso. 

La novela se sitúa en 1910, en Buenos Aires, fecha del centenario de la patria, y narra la historia de Alejandro, un periodista, hijo de inmigrantes judíos, que recibe el encargo de investigar la misteriosa reaparición de una mujer que había sido raptada 25 años antes, cuando sólo era una bebé. Ella es una de cinco niños desaparecidos, todos hijos de inmigrantes, en la misma noche de 1885, de quienes nunca se volvió a saber nada hasta ahora, que ella y otro de los niños han reaparecido, sin recordar nada de lo sucedido. Ellos dos se comportan de modo extraño (ella no recuerda nada y el otro no sabe hablar, ni escribir, y ni siquiera presenta un comportamiento humano), y entonces Alejandro es convocado por el padre de la muchacha para investigar y averiguar lo ocurrido.

La novela está estructurada en dos partes, que se intercalan entre sí: una se corresponde a la trama en la que Alejandro es protagonista. Está narrada en tercera persona, desde un punto de vista focalizado en Alejandro, que sigue sus pasos y descubrimientos en el caso y que ofrece una mirada sobre sus pensamientos y reflexiones. La otra parte está conformada por fragmentos del diario íntimo de un tal J. F. Andrew, datados 25 años atrás, que, a medida que la historia de Alejandro se despliega, explican lo sucedido con los cinco niños raptados en 1885, los experimentos a los que fueron sometidos y el rol del propio Andrew y de sus ayudantes en todo esto. 

Esta estructura resulta una novedad y, también, un desafío de lectura para los jóvenes, porque retarda la revelación del misterio mientras hace partícipe al lector de la explicación a la que el protagonista todavía no tiene acceso. Además, despliega la historia en dos momentos históricos (por un lado, un período de 1885 a 1900 y, por el otro, el año 1910) y desde dos perspectivas muy diferentes: la del doctor Andrew, científico con ideas progresistas y cuestionables, que verá el crecimiento y la destrucción de sus experimentos, y la de Alejandro, un periodista joven, con consciencia de clase, muy emprendedor y también un poco ingenuo, que crecerá a lo largo de la historia. El trabajo desde ambas perspectivas permite que el lector comprenda los motivos de uno y otro personaje, sus intereses y decisiones, y que pueda recuperar un panorama más grande no sólo del misterio sino también del clima de época que hubo hacia finales del 1800 en Buenos Aires, Argentina.

Podría decirse que esta estructura remite a lo propuesto por Gemma Luch en “Un nuevo lector juvenil. De Perdidos a Harry Potter, pasando por los foros y el Youtube” en relación a la incidencia de las series de televisión, que proponen estructuras con tramas cruzadas, cambios temporales y protagonismo compartido por varios personajes. La oscuridad de los colores presenta, como algunas de estas series, “una complejidad discursiva que a menudo no encontramos en algunas de las lecturas que se ofrecen en el circuito escolar” (Lluch, 2008:15). La estructura de la novela trabaja el manejo del suspenso porque permite que el lector sea parte de la aparición de las pistas y del descubrimiento de la verdad, y lo involucra y compromete con la historia. Además, el cambio de narrador capítulo a capítulo ralentiza la resolución pero sin perder la construcción de la curiosidad en el lector, como sucede en el desarrollo de la temporada de una serie de televisión. 

La trama, entonces, se desarrolla a través de estas dos historias y poco a poco une los sucesos actuales con los del pasado, revelando quiénes son estos niños, por qué habían sido secuestrados y recibido nombres de colores, quién es J. F. Andrew, por qué Alejandro ha sido incluido en la resolución de este caso y cuál es su rol en él. Así, el final de la novela ofrece un giro inesperado y fuerte en la trama que surge como fruto del trabajo con la historia a través de estas dos perspectivas.

Los vínculos que establece Alejandro con los dos niños que han reaparecido y, más tarde, con un hipnotista a quien pide ayuda, lo van cuestionando y transformando. Su punto de vista y su visión del mundo comienzan a ponerse en duda en los intercambios con estos personajes y con el hallazgo de pistas hasta que, finalmente, su propia vida e historia son alteradas por completo con ese final impactante, que revela verdades sobre él ocultas por largo tiempo. Podría decirse que este crecimiento del protagonista acerca la historia a la tradición de las Bildungsroman y su estructura: la novela presenta, en medio de la trama de la resolución del caso, la historia de Alejandro y su padre, y las transformaciones que sufre ese vínculo a medida que la historia avanza, tanto que, hacia el final, el lector es testigo de una ruptura y un avance del protagonista hacia una forma más adulta y consciente de vida. En este sentido, el personaje de Alejandro, que en gran medida funciona más como una figura de detective que como un personaje tridimensional, no siempre suscita suficiente empatía como para volverse memorable. Sin embargo, esto se equilibra con los cambios que va sufriendo y el proceso de crecimiento que atraviesa, dado que permiten que el personaje sea más accesible y comprensible.

Que la historia esté ubicada en Buenos Aires, en 1910, es una novedad y ofrece todo un espectro de referencias de época (una mención al negocio Gath y Chaves, otra al estado de las calles de tierra, al rol de los diarios en ese entonces, a la hipnosis como “ciencia” novedosa, etc.) y un espacio original para el desarrollo de la trama. La presencia de los conventillos y las referencias a las olas de inmigrantes y a los problemas que tenían cuando llegaban a Buenos Aires son parte de la historia y permiten que este contexto histórico, poco común en la literatura juvenil argentina, se entrelace con el misterio a resolver.

Se puede decir que esta novela es parte de la literatura juvenil homologada, dado que pertenece a una colección pensada para adolescentes. Sin embargo, La oscuridad de los colores cumple con muy pocas de las características propias de esta categoría. Esta novela no presenta un protagonista de edad parecida a la de los lectores adolescentes ni tampoco temas próximos a sus problemáticas o un uso de un lenguaje semejante al que usan los jóvenes. Sin embargo, la historia sí cumple con los criterios de aceptación que propone Colomer: ha tenido muy buena aceptación en el público juvenil y adulto, de modo que la novela ha comenzado a encontrar lugar en los colegios y en las bibliotecas personales de los adolescentes, y fue escrita por un autor con trayectoria en el campo de la narrativa infantil y juvenil, quien ha recibido premios y ha publicado varios libros en editoriales prestigiosas. 

La oscuridad de los colores propone una trama que ofrece, con mucha sencillez, rasgos propios de los relatos policiales negros clásicos: un protagonista que ocupa el rol del detective y se involucra mental y físicamente en el caso, poniendo en riesgo su vida, una serie de víctimas (los cinco niños secuestrados y un par de víctimas de asesinatos imprevistos) y sospechosos moralmente ambiguos, que dificultan la separación entre buenos y malos, el uso de la ciudad como escenario del crimen y de circulación del protagonista, y una serie de revelaciones que denuncian fragilidades sociales e institucionales de aquella época. Además, por el misterio que elige el autor como centro de la trama (el secuestro de cinco bebés que serán sometidos a una serie de crueles experimentos), la atmósfera se vuelve inquietante y se construye la sensación de que la vida del protagonista corre peligro constantemente porque se ha involucrado en un misterio siniestro y peligroso.

Entonces, esta novela retoma la tradición de las series detectivescas clásicas sin demandar lectores que ya hayan leído libros de este subgénero o que conozcan sus rasgos, y ofrece una historia donde el suspenso está trabajado de forma tal que la necesidad de leer para saber qué pasa con los personajes es imperante. Así, la lectura de La oscuridad de los colores resulta entretenida y ávida: muchos de los jóvenes que han reseñado la novela mencionan la imposibilidad de “soltar el libro” y de haberse leído las 240 páginas que presenta la obra en pocos días o, incluso, horas.

Esto puede vincularse con lo propuesto por Jordi Rovira en “La enojosa lentitud de los libros” en relación al “ritmo trepidante” que buscan los jóvenes en sus vidas y en sus modos de entretenimiento, acostumbrados a estar hiperestimulados por los medios y las nuevas tecnologías. La oscuridad de los colores responde a la búsqueda de los jóvenes de estos tiempos: es una novela que construye un ritmo rápido, que convoca y atrapa, que no da respiro en el desarrollo de la trama y en las amenazas constantes que sufre su protagonista, y que presenta capítulos breves, de pocas páginas, que permiten que el lector no se distraiga o aburra ni pierda el interés. Y, al mismo tiempo, la historia no pierde complejidad en la trama y en los vínculos cambiantes entre los personajes, ni se vuelve superficial en su resolución. 

De este modo, la combinación del trabajo con la tradición policial y con la época histórica, sumado al ritmo de lectura convocante, vuelven a La oscuridad de los colores una novela atrayente para ser trabajada en el ámbito educativo, porque ofrece un punto medio entre los intereses de los jóvenes y del docente y los programas escolares.

En lo personal, la lectura de esta novela me sorprendió enormemente: hacía tiempo que no leía una novela juvenil argentina nueva con una estructura tan sólida y una premisa tan poco común. Por un lado, el manejo de la información aportada a través de las perspectivas de los dos personajes y el modo en que ella se va entrelazando para crear el tejido global de la historia me resultaron convincentes y me llevaron hasta la revelación final sin cuestionar ni dudar nada de lo que estaba leyendo. Así y todo, el final igual me resultó una sorpresa, aunque creo que tal vez, para un lector más atento y menos sorprendido, la revelación final puede ser intuida tiempo antes del cierre de la novela. Por otro lado, la época histórica y la rareza del misterio propuesto crearon una atmósfera tensa y perturbadora que le dio un tono ideal a la historia para mantener vigente el suspenso.

Considero que esta novela ofrece con éxito la posibilidad de tomar los intereses no sólo temáticos (muertes, misterios a resolver, casos morbosos y escandalosos, protagonistas que maduran, descubren verdades y se defienden y definen a sí mismos, y el uso del suspenso y de la inquietud como recursos recurrentes) sino también estructurales (capítulos breves, que requieren lapsos reducidos de atención, una trama atrapante que aviva la curiosidad de forma constante y el despliegue de una estructura que complejiza la historia y, eventualmente, revela que su alcance era mucho más grande de lo imaginado al comienzo de la lectura) de los jóvenes actuales y construye una historia compleja, abierta a diferentes enfoques en la lectura, y no tan común en las colecciones juveniles. Me parece que por sus características es una buena opción para trabajar en los ámbitos escolares: sirve como un escalón intermedio entre las series de televisión y los libros que ellos acostumbran ver y leer, y las obras clásicas que se pretende que lean en los últimos años de la educación secundaria.

Creo también que, siguiendo la clasificación de Mireia Manresa en “Lecturas juveniles: el hábito lector dentro y fuera de las aulas”, esta es una novela que puede ser trabajada tanto con lectores encasillados (y así ofrecerles un acercamiento al subgénero policial, que no es actualmente tan popular como en otros tiempos, y, a aquellos acostumbrados a leer solo sagas, una novela stand-alone igual de adictiva), lectores equilibrados y diversificados, así como también con jóvenes sin un hábito lector desarrollado, por la brevedad y sencillez de los capítulos, que sostienen la complejidad de la trama de un modo accesible.

La oscuridad de los colores, en mi opinión, es una historia interesante, bien pensada y estructurada de modo inteligente y efectivo, que ofrece contacto con un subgénero y una época no tan comunes en la literatura juvenil argentina actual, y que por su solidez en la construcción puede ser disfrutada tanto por jóvenes como por un público adulto. 




Referencias bibliográficas
BLASCO, M. (2015). La oscuridad de los colores. Buenos Aires: Norma.
LLUCH, G. (2008): “Un nuevo lector juvenil”. CLIJ, n. 221, diciembre , p. 7-22.
MANRESA, M. (2009) “Lecturas juveniles: el hábito lector dentro y fuera de las aulas”. Textos, 51, julio, agosto septiembre, p. 44-54.
ROVIRA, J. (2007): “La enojosa lentitud de los libros”. Culturas. La Vanguardia, n. 262, p. 2-5.

Anexos (algunas críticas de la novela, tanto por jóvenes como por adultos y especialistas)
- “El caso de los niños robados” (2015, 15 de agosto). Recuperado de https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/11-36362-2015-08-15.html
- AGUSTINA (2017). Universe of books: “Reseña: La oscuridad de los colores de Martín Blasco”. Recuperado de https://universeofbooksblog.blogspot.com.ar/2017/08/resena-la-oscuridad-de-los-colores-de.html
- CORBETTO, M. (2016). Lee, sueña, vuela: “La oscuridad de los colores”. Recuperado de https://leyendo-vuelo.blogspot.com.ar/2016/08/la-oscuridad-de-los-colores.html
- LLUCH, G. (2017). Gemma Lluch: “La oscuridad de los colores”. Recuperado de http://www.gemmalluch.com/esp/la-oscuridad-de-los-colores/
Suárez, Micaela (2015). Aroma a palabras: “Reseña: La oscuridad de los colores, Martín Blasco”. Recuperado en https://www.youtube.com/watch?v=BkrEFQy_vus

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Este trabajo fue realizado como trabajo de una materia del Máster en Libros y Literatura Infantil organizado por la Universitat Autònoma de Barcelona y el Banco del Libro de Venezuela.

martes, 10 de abril de 2018

Jornadas poéticas en Jitanjáfora


El viernes y sábado pasado tuve la enorme oportunidad de participar de las XVIII Jornadas La literatura y la escuela, organizadas por la Asociación Civil Jitanjáfora en Mar del Plata.
En esta ocasión, el punto de encuentro fue la poesía y fue así como comenzaron las jornadas, llenas de poesía.

"Para escribir poesía hay que vivir poéticamente", dijo Juan Lima en la mesa de apertura de las jornadas. Junto a él, Laura Escudero e Iris Rivera asentían con entusiasmo. 

Esta primera charla entre ellos tres abrió puertas a la poesía y a todas las preguntas que trae (ninguna con respuesta clara, pragmática, racional, por suerte). Laura contó que a ella le sale escribir "con el oído", escuchando cómo suena la historia, y que así la escribe. Hasta nos detalló cómo cuando Encuentro con Flo ganó el premio SM, la editora la llamó para preguntarle por qué la novela estaba escrita de modo entrecortado ("escandido", dijo Laura, si mal no recuerdo). Y la respuesta de ella fue que así había escuchado la historia y, entonces, así la había escrito.
Iris aprovechó para cantar. Sí, para cantar. Así nos presentó una de los primeros versos en rima que la habían convocado y otro que le gustaba mucho a su nieto. 

De izq. a der.: Laura Escudero, María José Troglia (coord.), Iris Rivera, Elena Stapchi (coord.) y Juan Lima.
Fue un diálogo muy ameno, divertido y rebosante de pasión por la poesía. Nos recomendaron lecturas y autores y, al final, leyeron algunos de sus poemas (uno del nuevo Astronomía poética, de Juan Lima; otro de Ema y el silencio, de Laura Escudero, y Lo que escuchó un pajarito, también cantado, de Iris Rivera).

El día siguiente estuvo marcado por los talleres que ofrecían los profesionales y las mesas de ponencias. Tuve la gran oportunidad de presentar en una de ellas un trabajo teórico de análisis de dos novelas, que surgió de la tesis que estoy escribiendo para el Máster. Además, incluso me ofrecieron participar también como comentarista. Compartir la mesa con otros profesionales, escuchar sus experiencias de trabajo en clase, de inquietudes teóricas y de anhelo por contagiar la pasión por la lectura y escritura a los más jóvenes fue un placer. Lo mismo encontré en las otras mesas en las que participé y en las conferencistas y sus trabajos. Esfuerzo, dedicación, literatura.

Los dos días estuvieron marcados por un clima muy familiar y entusiasta, acompañados, desde el principio, por un homenaje sencillo y sincero a Liliana Bodoc, que habló de cuánto la extrañamos.
Se percibía el aroma casero de las jornadas, hechas de modo artesanal, cuidado, pensado, y fue una maravilla descubrir que muchos veníamos de un poco más lejos (o de muy lejos) para nuclearnos alrededor de este encuentro. Como si fuese la cena navideña que junta anualmente a la familia.

Me quedo con unas ganas enormes de regresar, de volver a colaborar, de participar, escuchar, saludar gente y volver a pasarnos libros entre nosotros. Con ganas de conocer más autores y especialistas (¡qué invitados!), de poder conversar con ellos, compartir experiencias, amor por la literatura.

Porque es eso lo que en el fondo movió todas las jornadas, un profundo amor por la literatura, en todas sus formas, colores y versos.

Nos volveremos a ver, Jitanjáfora.


jueves, 1 de febrero de 2018

LIJ chilena: tres novelas

Estas vacaciones pude visitar el sur de Chile, unas ciudades con paisajes bellísimos, con una amiga y, por supuesto, aprovechamos la oportunidad para, como siempre, visitar librerías.

En la ciudad de Puerto Varas nos encontramos con la hermosa librería Mackay y ahí una idea me surgió de pronto, como lamparita que se prende: le pregunté a una de las vendedoras si no podía recomendarme los libros más representativos de la LIJ chilena (o, en su defecto, los que más le gustaran a ella), porque yo no conocía prácticamente nada de la historia de la LIJ chilena. Era mi oportunidad para llevarme algunos libros que luego en Argentina no necesariamente podría conseguir.

Así que fue maravilloso ver que la mujer armaba pilas y pilas de libros de todos los tamaños y grosores y me iba contando un poco de cada uno. 

Finalmente, luego de mucho mirar y pensar, de la enorme cantidad y variedad de libros que me acercó opté por elegir tres de la editorial SM:

1. Los increíbles poderes del señor Tanaka, de Sergio Gómez.
Lo elegí porque ganó el premio El Barco de Vapor y porque la trayectoria del señor Gómez se leía interesante. Esta novela cuenta la historia del señor Tanaka, un extranjero que llega a caleta Recaredo e intriga a todos los habitantes.

Me resultó muy interesante, en primer lugar, leer una historia que sucediera en Chile y tuviera referencias geográficas concretas. Luego, me llamó la atención la precisión y la claridad de la prosa de Sergio Gómez. Le otorgaba a la historia un halo de seriedad que se correspondía con el personaje del señor Tanaka.

Además, fue muy interesante el juego de los saltos temporales que se propone en el desarrollo de la trama, que se sostuvo con mucha fluidez (y misterio). 

Sin embargo, lo que más me quedó dando vueltas (que es algo que repetiré con la próxima novela) fue el clima nostálgico que rodeaba la historia. Era esa nostalgia que se siente cuando uno piensa en las vacaciones de su infancia: dulce, que trae una sonrisa, pero que no deja de ser también un poco amarga.

2. La bicicleta mágica de Sergio Krumm, de Marcelo Guajardo.

Nuevamente, elegí esta novela porque también ganó el premio El Barco de Vapor. Narra la historia de unos amigos del barrio que descubren la historia del ciclista Sergio Krumm y el mito de su bicicleta, y que, por supuesto, se lanzan a revivir esos "poderes" ciclistas que se mantienen latentes.

Tal y como dije antes, esta novela también tiene referencias geográficas chilenas concretas (y me encantó poder comprender aquellas que referían al sur del país) pero, también, referencias históricas, al tiempo de la dictadura.

Y, nuevamente, el clima de nostalgia que acompaña la historia es palpable y queda luego de la lectura. En este caso, la combinación de una historia de amigos, en la década de los '70, y el desarrollo de una aventura con bicicletas me hizo recordar un poco a la experiencia de The Body, de Stephen King, o de Stranger Things (sin el componente sobrenatural, claro está).

3. Papelucho, de Marcela Paz.
Este último libro lo llevé porque la vendedora no podía creer que no conociera a Papelucho, lo más famoso, clásico e icónico de la literatura infantil chilena. Así que tenía que conocerlo. Este es el primer libro de una saga de doce pero que, aparentemente, se puede leer con mucha libertad en cualquier orden (una vez de vuelta, mi madre me dijo que ella de chiquita tuvo y leyó Papelucho misionero, el número ocho, y que era muy popular en los '70. Pero, ya no se consiguen estos libros en Argentina, ¿no?).

Este último libro me resultó muy curioso, en primer lugar, porque se nota que el niño protagonista corresponde a otra época (hay un internado, por ejemplo, o una serie de bromas y travesuras muy pesadas y exageradas, que tal vez se correspondan con otra época) pero, al mismo tiempo, los modos y comportamientos no solo del niño sino también de los padres me dieron la sensación de que podrían ser actuales.

Es decir, la novela es un registro exhaustivo de las travesuras que realiza Papelucho y del modo ausente y castigador con el que se manejan sus padres (y otros adultos), y si bien las figuras paternas de la LIJ actual son representadas de otras maneras (más presentes, en general, con más diálogo con sus hijos), no deja de ser una representación que sí se puede percibir en la vida real. Así que esta novela me dejó con una curiosidad que tal vez deba saciar leyendo algún otro libro de esta saga.

Disfruté mucho leyendo estas novelas y me queda la inquietud por leer más. Sé que apenas arañé la superficie y tengo ganas de poder incursionar un poco más en la LIJ chilena. Tal vez julio traiga otra visita a Chile así que, si hay recomendaciones de gente más versada en el tema, las recibo con alegría.




sábado, 30 de diciembre de 2017

Lo mejor del 2017

Se va otro año y se termina otro desafío de lectura de Goodreads. De los 65 libros que me había propuesto leer, logré leer 68 (!).

Así que llegó el momento de hacer un balance. Luego de revisar todos los libros leídos y de recordar experiencias de lectura, acá ofrezco una lista con aquellos que este año se llevaron una puntuación de cinco estrellas, sin ningún tipo de orden:

1. Siete llaves para valorar las historias infantiles, Teresa Colomer.
Era de esperarse que en esta lista hubiese un libro fruto de la maestría. Este texto nos lo enviaron como lectura crítica obligatoria de una de las materias y, a lo largo del bimestre, fuimos leyendo cada capítulo para trabajarlo. 
Este texto ofrece las claves esenciales para analizar libros infantiles y juveniles con una claridad asombrosa, con ejemplos de análisis que son espectaculares y con un sustento teórico que le da solidez a todo. Impresionante y muy entretenido.

2. Hacia una literatura sin adjetivos, María Teresa Andruetto.
Fue un año de muchas lecturas críticas, evidentemente (y de búsqueda de aprendizaje dentro del estudio de la LIJ). Esta compilación de ensayos y discursos de Ma. Teresa Andruetto también es preciosa, porque encontrarme con sus palabras animosas y bien claras sobre el acto de leer, pero también de escribir, fue una novedad. Sentí que me encontraba con mis propias ganas de leer y escribir.

3. La trilogía de Nueva York, Paul Auster.
El gusto del año, porque me tomé como misión personal leer estas novelas antes de viajar a Nueva York (¿Para disfrutar más? ¿Para entrar en el clima neoyorquino? Todo vale).
Por suerte no solo me encontré con la ciudad viva entre estas páginas sino también una clase magistral del arte de la ficción, el doble y la duplicación, y los límites difusos entre vida y ficción.

4. El pobre de Asís, Nikos Kazantzakis.
Un préstamo, un regalo, que me acompañó todo el verano pasado, me hizo recordar el viaje a Asís y, sobre todo, me sumergió en el misterio de la vida de Francisco y de su entusiasmo y entrega. No, no es una biografía común, Kazantzakis tiene un modo muy peculiar de crear climas y ambientes, y ahí está la gracia.

5. La mano izquierda de la oscuridad, Ursula K. Le Guin.
La mejor, la Señora de la Ciencia Ficción, me ofreció en esta novela una historia que trajo una enorme cantidad de reflexiones y preguntas sobre la humanidad y lo que significa ser humano. Fue una procesión a través del invierno de Winter y cada paso confirmó la maestría de Le Guin.

6. Stoner, John Williams.
Una novela que quedó en el medio, porque la empecé en diciembre de 2016 y la terminé en enero de este año, pero que no puedo dejar de mencionarla en esta lista porque se ganó las cinco estrellas a la velocidad de la luz.
Williams también da una clase magistral sobre el ritmo de la escritura, el encadenamiento de escenas, el paso del tiempo y el desarrollo de personajes. Suave y fluida y, al mismo tiempo, densa como una vida entera, Stoner fue un placer.

Pero esto no termina acá: también hubo otras lecturas que, aunque no hayan alcanzado el puntaje perfecto, sí fueron historias movilizantes, sorprendentes, escalofriantes y entretenidas, así que acá están las menciones especiales de este año:

- Nada, Janne Teller.
Leída hace poquito, con reseña en el blog y todo, esta novela me arrancó el aire y me hizo atravesar una dura progresión de crueldad y sin sentido en la vida de un grupo de niños.

- Siempre hemos vivido en el castillo, Shirley Jackson.
Otra novela oscura y gótica, que también tuvo su reseña y que disfruté porque me ofreció una narradora especial y bien engañosa.

- Sin los ojos, Esteban Valentino.
Una novela sencilla, delicada, que, entre otras cosas, desarrolla el ingreso a la adolescencia de una niña con un cuidado y una honestidad hermosas.

- Fundada sobre roca, Louis De Wohl.
Lectura sorpresa, porque no pensé que me iba a gustar tanto. Un desarrollo de la historia de la Iglesia desde sus inicios hasta la actualidad con veracidad histórica pero, también, con pequeñas interpretaciones misionales.

Y lo último a destacar de este año es, sin duda alguna, la fabulosa posibilidad de haber conocido a David Almond, y de haberlo escuchado en una ponencia (¡Tan británico! ¡Tan tranquilo!). Por eso, las novelas que leí este año escritas por él también reciben mención: Skellig, El niño que nadaba con pirañas (ilustrado por Oliver Jeffers) y Slog's Dad (ilustrado por Dave McKean).

Fue un año muy variado, con lecturas de todo tipo y con búsquedas más potenciadas, sobre todo gracias a haber empezado a estudiar de vuelta.

Me quedo con ganas de saber cómo seguirá esto y qué maravillas y aventuras literarias traerá el 2018.

¡Feliz año!

lunes, 18 de diciembre de 2017

5 libros álbum (que pueden ser regalos)

Este año, después de mucha búsqueda (y con mucha alegría), comencé a cursar el Máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil que dicta la Universidad Autónoma de Barcelona junto con el Banco del Libro de Venezuela. 

Está resultando toda una experiencia: se cursa a distancia, los profesores son muy amables y atentos, y la variedad de nacionalidades de los alumnos transforma los intercambios en los foros en encuentros con palabras y expresiones nuevas. Sin embargo, lo que más disfruto es cómo me estoy cruzando con un montón de lecturas que, de otro modo, nunca hubiera conocido.

Entonces, en honor al cierre del primer período de cursada, en esta sencilla lista comparto las mejores joyas literarias, los mejores libros álbum, que tuve la suerte de cruzarme:

1. Letras al carbón, de Irene Vasco (autora) y Juan Palomino (ilustrador).
Una historia sobre la importancia de saber leer (y de la presencia de la gente que puede enseñar a hacerlo) contada, en su gran mayoría, por las hermosas ilustraciones.

2. La composición, de Antonio Skármeta (autor) y Alfonso Ruano (ilustrador).
¿Cómo se vive en tiempos de dictadura militar? Esta historia presenta, con mucha sencillez, a Pedro, un niño que percibe tensión en sus papás, en sus amigos, en la ciudad, y que se va desplegando (y entendiendo) en medio de las circunstancias.

3. La recta y el punto, de Norton Juster.
Una ingeniosa historia de amor entre, sí, una recta y un punto. Es graciosa, ocurrente, tanto que, por primera vez, me sentí encantada por la matemática.

4. Cepillo, de Pere Calders (autor) y Carme Solé Vendrell (ilustradora).
Un libro muy peculiar sobre un cepillo que se transforma en perro, que juega con los límites entre lo real y lo fantástico no solo en el contenido de la trama sino también en la percepción del lector.

5. El guardián del olvido, de Joan Manuel Gisbert (autor) y Alfonso Ruano Martín (ilustrador).
Una obra nostálgica, poética, y llena de maravilla sobre el lugar que las cosas (y las personas) ocupan en el mundo. 

Y como un extra, estos son los dos cuentos para rastrear y leer que disfruté leer y analizar en este período:
1. “Entre la espada y la rosa”, de Marina Colasanti.
2. “En un latido”, de Montse Ganges.

Por qué no, esta lista puede servir también como una guía de regalos para Navidad (qué mejor que regalar historias). La mayoría de estos libros se pueden conseguir rápido y sin problemas en la librería online Donde viven los libros.

¡Veremos qué más trae la cursada!

lunes, 11 de diciembre de 2017

Nada

Me recomendaron esta novela, Nada, de Janne Teller, una danesa sobre quien jamás había escuchado hablar. Y me contaron que había sido censurada, que era muy controversial y, sobre todo, que leerla cortaba la respiración.
No necesitaba saber más.

Nada cuenta la historia de un grupo de casi adolescentes que, cuando uno de sus compañeros se da cuenta de que la vida no tiene sentido y se trepa a un árbol, abandonándolo todo, deciden entregar cosas que para ellos sí tienen sentido, y armar una pila para tratar de hacerlo cambiar de opinión.

Dónde está la falta de aire: en que esos sacrificios se vuelven cada vez más extremos; en que la búsqueda de sentido cada vez se hace más desesperada.

Efectivamente la lectura es terriblemente incómoda. Es seca, fría, y ofrece un tono calmo en escenas donde la brutalidad se roba el escenario. Sin embargo, la narración es en absoluto morbosa ni escabrosa o sensacionalista. Para nada. Janne Teller logra una primera voz narradora asombrosa, que ofrece las preguntas y búsquedas propias de un niño que avanza hacia la adolescencia sin exagerar, valiéndose de sus silencios para dejarle al lector los detalles de cada escena suspendidos en el misterio. Así, mediante elipsis y descripciones casi superficiales, aéreas, la novela adquiere una atmósfera pesadísima.

Me ocurrió que más de una vez tuve que dejar de leer, pero no porque lo que se contara fuese tremendo o escandaloso sino porque la narración me terminaba ahogando. Y es una maravilla, porque el ahogo se logra con un estilo breve, directo. 

La narración está estructurada, en varias ocasiones, con adelantos de información que, sorpresivamente, no aflojan la tensión ni alivian al lector. Por el contrario, sólo inflan la desolación que va marcando la búsqueda de estos jóvenes y las cosas que deciden hacer.

Como dato extra, me pareció muy interesante el rol ausente de las figuras adultas en esta novela (sólo el maestro tiene nombre, por ejemplo, justo el maestro) y cómo, cuando aparecen, en realidad solo profundizan más la sensación ominosa que marca el relato.

Nada es una novela fuerte, pesada en su clima y desesperante en su tema, que desacraliza la infancia, la noción de amistad infantil y, sobre todo, la idea de una vida con sentido. No alivia, no cede y no deja un buen gusto y es por todo eso que se vuelve una lectura que deja huella, una dolorosa, pero huella al fin.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Un año más de alumnos, lectura y escritura

Con el final de clases del viernes pasado, llegó también, para mí, el momento de revisar cómo fue el año de trabajo en el colegio, como profesora de lengua y literatura de jóvenes (a veces) entusiastas de segundos y terceros años.

Fue un ciclo escolar de mucha búsqueda. Me había quedado con la sensación de que el año anterior no había sido del todo satisfactorio. Algo en cómo evaluaba y trabajaba con mis alumnos no me terminaba de gustar. Que memorizaran cuestiones de teoría literaria pero luego no pudiesen leer con gusto una novela no me convencía en absoluto.

Así que en esta ocasión probé otras cosas, repetí algunas que ya conocía pero con otras vueltas, y, sobre todo, me pregunté todo el tiempo de qué modo podía animar a mis alumnos a leer y a desafiarse a escribir.

Y fue un año de muchas sorpresas.

La primera, por ejemplo, fue que, como leímos Algo que domina el mundo, de Franco Vaccarini, con los terceros años y, luego, Los nombres prestados, de Verónica Sukaczer, con los segundos, tuvimos la suerte de que ambos autores vinieran a visitar a los chicos, a charlar con ellos y a compartir un rato de anécdotas sobre la magia de la escritura. Fueron ratos amenos y los chicos escucharon atentos, preguntaron con curiosidad, se rieron de las historias que contaban. Encontrarse con los artífices de las historias que habían leído les resultó distinto y muy cercano.

Busqué también que este año les pudiera ofrecer a los alumnos la posibilidad de disfrutar las lecturas, y por eso me concentré en leer autores argentinos contemporáneos de literatura juvenil con los segundos años. Pasamos por Nunca seré un superhéroe, de Antonio Santa Ana, El camino de Sherlock, de Andrea Ferrari, y luego ellos pudieron elegir entre La oscuridad de los colores, de Martín Blasco, El equipo de los sueños, de Sergio Olguín, y El rastro de la serpiente, de Laura Escudero. Y esto también trajo sorpresas porque el trabajo con estos tres últimos libros fue muy creativo (¡y entusiasta!), y los chicos se encargaron de armar modos originales para presentar lo más importante de esas historias. Por ejemplo:

Una maqueta que representa la ciudad y la villa en El equipo de los sueños, y un puente que une ambos lugares, el puente que construyen los personajes principales de la novela.

Una representación de cada personaje en La oscuridad de los colores, basada en la metáfora de las escaleras utilizada por el hipnotista.
Para los terceros años busqué el modo de que las lecturas, que eran clásicas, de períodos más antiguos, y de diversos géneros, pudieran volverse contemporáneas y actuales. Así es como, por ejemplo, luego de leer Macbeth de William Shakespeare, los chicos repensaron la historia en el tiempo actual y eligieron una escena para reescribir y actuar. Así salieron Macbeths jefes de la mafia, presidente corrupto, director de colegio, y hasta actor resentido.

Con todos los cursos buscamos trabajar mucho la escritura ("¡No, profe! ¡Me da dolor de cabeza!"). Y todo lo que costó, lo que trabajamos, lo que corregimos, revisamos y editamos, dio como fruto una revista literaria, que ofrece una pequeña selección de todo lo hecho durante el año. Allí aparecen los ensayos que escribieron los chicos de tercero, en los que comparan el uso de la ciencia ficción en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y la película La llegada, de Denis Villeneuve, que también vimos en clase (¡y que dio hermosos dolores de cabeza y de lenguaje!). Están también los poemas escritos por los chicos de segundo, que surgieron luego de un extenso y profundo trabajo de lectura y análisis de diversos poemas (ese fue otro desafío), y están los microrrelatos de horror y las autobiografías lectoras que escribieron. Esta revista existe, y es de los alumnos, y la pueden leer por acá:



Fue un año de búsquedas, de intentos, de ofrecerles propuestas a los alumnos y que con ellos terminaran de tomar forma. Estos ejemplos de arriba son solo algunas de las actividades que fuimos haciendo. Fue también un año de certezas, de que, no importa cómo, el objetivo es compartir el gusto por la lectura y la escritura con los alumnos, más allá de los ajustes, de las notas, porque registré también que sus respuestas fueron más vivas, más entusiastas y comprometidas. Fue un año de avanzar juntos, ellos y yo, por los modos que tiene la literatura de alcanzarnos, y fue un tiempo de descubrir las formas particulares en que cada uno de ellos se deja apelar y conmover por la lectura.

Termino el ciclo lectivo mucho más contenta que el anterior y, sobre todo, mucho más confiada en que la pista es esta, seguir buscando cómo acompañar a los alumnos a dejarse alcanzar por la literatura, porque cuando eso sucede, la escritura se vuelve una necesidad.
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