22 oct. 2018

Huckleberry Finn y el circo: pasiones dobles

Las aventuras de Huckleberry Finn es una novela muy famosa y conocida, leída, analizada y conversada por todo lector entusiasta que se la haya cruzado. Me tocó leerla hace ya un par de años, para la facultad, y en ese momento escribí una reseña acá, en el blog, con algunos primeros comentarios sobre qué me había gustado de ella.

Por suerte, el año pasado tuve la oportunidad de releerla y volver a trabajar con ella. En esa revisión de la historia, el capítulo en el que Huck visita el circo me llamó mucho la atención, por su escritura, por cómo es presentado el espacio del circo y lo que pasa ahí.

Esto sucede en el capítulo 22 donde hay una escena con muchas descripciones que resulta impactante, más aún por el contexto en el que se presenta. La descripción del circo que visita Huck aparece luego de la escena en la que Sherburn ha dado su discurso para evitar que la turba enardecida lo mate. Este antecedente, en mi opinión, ubica al lector en un lugar más cauteloso, atento a esa población de doble cara (que puede llegar a ser violenta), que hace que lo que sucede en el circo cobre otra densidad.

Allí, en cuanto llega, Huck destaca la grandeza y el asombro que le genera lo que ve: “Y cada dama tan fina y todas tan guapas como una pandilla de reinas de verdad, con unos vestidos que costaban millones de dólares y todos llenos de diamantes”. Sus ojos se detienen en las riquezas, en la cantidad innumerable de gente, en la proliferación de elementos: “llegaban todos a caballo de dos en dos, caballeros y damas al lado, los hombres en calzoncillos y camisetas, sin zapatos ni estribos y con las manos apoyadas en los muslos, tan tranquilos y tan cómodos, por lo menos veinte de ellos”.


Esta abundancia de elementos abruma levemente al personaje y al lector, y esto se profundiza cuando Huck comienza a describir el modo en el que se desarrolla la acción en el circo: “comenzaron a ir cada vez más rápido, bailando todos ellos, primero con un pie en el aire y luego con el otro, con los caballos cada vez más inclinados y el jefe de pista dando vueltas al poste central, chasqueando el látigo y gritando "¡Jai! ¡Jai!", y el payaso contando chistes detrás de él, hasta que todos dejaron caer las riendas y cada una de las damas se puso las manos en las caderas y cada uno de los caballeros se cruzó de brazos, ¡y entonces fueron los caballos y se inclinaron hasta quedar de rodillas!”

Allí se combina el uso de los nexos coordinantes y las comas para presentar una secuencia de acciones a toda velocidad, de modo acelerado, que destaca también la simultaneidad y el desorden en el que se produce todo el espectáculo. A esto se suman las interjecciones del jefe de pista (“¡Jai! ¡Jai!”) y el uso de los signos de exclamación que hace Huck, que marcan nuevamente la velocidad y también el crecimiento de una atmósfera más desenfrenada y desordenada.

La descripción va dibujando el ambiente saturado visual y auditivamente de este circo, que Huck todavía disfruta y considera asombroso. Además, hasta ese momento, el punto de referencia está situado exclusivamente en Huck, es decir, no se hace referencia a ningún otro miembro de público y el impacto del espectáculo queda medido por el protagonista: “Lo que yo no podía entender en absoluto era cómo se le podían ocurrir tantas, tan de repente y tan oportunas. Hombre, si a mí no se me hubieran ocurrido en todo un año”, expresa, y esta inserción permite que el lector permanezca cerca de Huck, mirando desde su lugar y nada más que al espectáculo. 

Sin embargo, la introducción del borracho que quiere montar a caballo, que en principio no parece otra cosa que un elemento más del circo, comienza a habilitar el desborde de la escena.

En ese momento, Huck le prestará atención al público y se combinará la velocidad de las acciones que venía presentándose con las reacciones de esos espectadores, que poco tienen que ver con lo que siente el protagonista: “El caballo se soltó y salió corriendo como un desesperado, con el borracho pegado a él y agarrado al cuello […] y la gente muerta de la risa. A mí no me parecía nada divertido; gritaba del miedo que me daba”.

El ambiente del circo entonces deja de ser “asombroso” y se transforma en algo más peligroso, amenazante, porque parece volver a poner en evidencia los impulsos más salvajes de la masa de gente que había mencionado Sherburn en su discurso, que ahora se ríe del riesgo que sufre el borracho. La imagen se vuelve enorme, desbordada y, sobre todo, grotesca, y Huck deja de pertenecer a ella. Él ya no se siente parte de lo que está viendo ni tampoco puede compartir las sensaciones con los demás.

Pero, de pronto, la descripción, que venía in crescendo se vuelve a quebrar y repentinamente se revela que todo había sido un engaño: el hombre no era ningún borracho y sólo estaba jugándole una broma al jefe de pista. Esa repentina desestabilización alivia a Huck (y también al lector) de toda la tensión que se estaba desplegando, pero lo hace sentirse como un tonto.

De este modo, el episodio del circo cierra nuevamente con un tono más alegre (“No sé; quizá haya circos mejores que aquél, pero todavía no he visto ninguno. En todo caso, para mí era buenísimo”, dice Huck), pero mantiene la idea de una amenaza subyacente presente en aquella gente, en aquella masa impulsiva, y en los modos que tienen en aquel lugar que están visitando Huck y Jim.

Hay mucho más para decir y para pensar (qué lugar ocupa el circo en la tradición literaria infantil y juvenil, por ejemplo, que tópicos se asocian a él, y cómo se puede pensar el trabajo que hace Twain en su novela con todo eso -o no), pero por ahora me quedo con la experiencia de la lectura de este capítulo: la imagen del circo es poderosa y Huck, en medio de ella, es un narrador que nos sumerge de lleno en esa experiencia al límite de las pasiones e instintos.

Otro motivo más para disfrutar de Las aventuras de Huckleberry Finn.





Referencias
Todas las citas pertenecen a la versión digital de la novela de la Biblioteca Virtual Universal.

2 comentarios:

  1. Me acuerdo, de chico, cómo vibraba y me emocionaba leyendo e imaginando a Tom acompañado de un Huck pobre de dinero pero muy rico en aventuras. Tenía un poco de celos de ese pibe que ya fumaba y sobre todo era el amigo experimentado que acompañaba en sus primeras peripecias a Tom Sawyer.

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    1. Es que Huck se hace tan real, tan de verdad y tan desafiante. Es una delicia leerlo.

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