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28 dic 2015

Una serie de eventos desafortunados: el mundo

Después de mucho tiempo, terminé de leer Una serie de eventos desafortunados.

Completa. Los trece libros. Los ciento setenta capítulos. Y la única forma en la que sé cómo hacer duelo es a través de más palabras.

Es una saga brillante, voy a empezar por ahí. Los temas que elige, la construcción de los personajes, la figura del narrador, la originalidad. Todo. Esto pone en jaque mi objetividad, así que eso queda admitido. Con estas cuestiones fuera del medio, me interesa detallar los aspectos que, en mi opinión, hacen que esta historia sea una maravilla. Así que esta serie de posts de cantidad indeterminada funcionarán a la vez como reseña infinita y análisis de todas las novelas juntas.

Hoy, apenas un principio: la construcción del mundo.

El autor (de quien hablaré otro día, cuando hable también del narrador) explicó en una entrevista que estos libros intentaban sumarse al género gótico.

Las novelas cuadran dentro de la descripción de la narrativa gótica (ambientación romántica, cargada de castillos medievales y tumbas con esqueletos; personajes extraños e insólitos y grandes peligros), pero también se encargan de estirar los límites de esa categorización hasta difuminarlos.

De hecho gran parte de la maravilla del mundo de los Baudelaires radica en la imposibilidad de identificar el espacio geográfico o temporal en el que transcurre la historia, en la pura ambigüedad que rodea los espacios en los que se mueven. Porque la historia abre oscilando entre la mansión destruida de los Baudelaires y el pseudo-castillo de Olaf, tomando elementos bastante góticos (que luego se recuperarán en otros espacios, como el Lago Lacrimoso o el "Grotto" Gorgoniano), pero luego se abre, dejando de lado los rasgos puramente góticos: la ciudad se despliega con lugares comunes, como el Café Salmonella o el 667 de la Avenida Oscura, o con espacios delirantes, como el Hospital Heimlich, la Preparatoria Prufrock o el Carnaval Caligari.

Ninguno de estos lugares presenta referencias que ayuden a una construcción de mundo lógica. Por el contrario, uno de los grandes juegos que presentan las novelas es la dificultad para imaginar todo en un mismo mundo.

Algo similar ocurre con la temporalidad o, en este caso, la atemporalidad, dado que resulta casi imposible determinar en qué punto de la historia de la humanidad tiene lugar el drama de los Baudelaires por la variedad de elementos que presenta. Algunos sugieren que la historia tiene lugar en el siglo XIX (como la comunicación vía telégrafo) mientras que otros la desplazan hasta avanzado el 1900, y todo siempre está acompañado por marcas científicas y tecnológicas anacrónicas y extrañas (hay sistemas de cierre de puertas que involucran un teclado de máquina de escribir mientras que en otros tomos aparecen computadoras avanzadas, que sigue siendo antiguas).


Esta libertad en el tiempo y espacio de la historia generan una constante sensación de extrañamiento y ajenidad que profundiza aún más el efecto gótico. Resulta difícil encuadrar la acción, y las descripciones de los espacios, las vestimentas y los elementos con los que interactúan los personajes son, a veces, tan inverosímiles o desfasados con el escenario que se está proponiendo, que se genera una grieta por donde se filtra una profunda sensación de vértigo extraño (una suerte de siniestro, de horror que entra a través de imágenes familiares, conocidas, comunes pero retorcidas).

Así, sin dar un salto hasta lo puramente fantástico o maravilloso, la saga logra romper con la lógica realista y abrir un vacío indeterminado donde todo es posible (desde la existencia de una serpiente amigable hasta una lucha de espadas con un bebé), donde los límites usuales no existen (lo que colaborará con el drama de la historia) y donde el lector descubre que la única constante es el desconcierto.








17 oct 2013

La habitación de los reptiles

La habitación de los reptiles (Una serie de eventos desafortunados, #2), Lemony Snicket, 2000. Scholastic.

Después de escapar las garras amenazantes del Conde Olaf, los tres huérfanos Baudelaire son recibidos por un amable herpertólogo con quien viven felices por muy poco tiempo.


La continuación de las desdichadas aventuras de los Baudelaire lleva a otro episodio también retratado por la película que en el libro se despliega con mayor potencia y que renueva la dosis de este mundo macabro y desgraciado.

Las aventuras continúan la línea del libro anterior, enfocando la mirada en las desgracias que caen sobre los hermanos y las ingeniosas soluciones que logran encontrar. Los niños vuelven a quedar ubicados en un rol superior al del adulto: ellos ven, escuchan, perciben y entienden mucho más. Los Baudelaires tienen una visión del mundo más completa y abarcativa que la de Mr. Poe o el Dr. Montgomery, con lo cual ellos son los únicos que pueden hacer una lectura profunda de la realidad que les toca (de, por ejemplo, la sospechosa presencia de Stephano). Es interesante porque los únicos que pueden acompañar a los niños en esto son el propio narrador (el único que posee una mirada totalmente omnisciente) y el Conde Olaf, que, si bien no es tan inteligente como ellos, ve mucho más allá de lo que pueden ver los "adultos buenos".

Los Baudelaires quedan nuevamente a merced del destino y de los planes maquiavélicos de Olaf y el narrador llora por ellos. La presencia del narrador es poderosa y constante. Sus intervenciones oscilan desde sencillos comentarios sobre algún objeto o alguna característica, hasta reflexiones literarias (hay un pasaje en el que se dedica a explicar qué es la ironía dramática que es impagable). Otras intervenciones son desconcertantes y alimentan el horror: mientras anuncia con poco preámbulo que los Baudelaires seguirán sufriendo porque su tío no va a terminar bien, hace un excursus increíble sobre los peligros de manejar elementos eléctricos y el hecho de que no hay que usarlos nunca, que ocupa toda una hoja:

La cita completa: "We all know of course, that we should never ever [...] ever fiddle around in any way with electrical equipement. NEVER."

La atmósfera siniestra se infla más en este libro y los Baudelaires crecen como contrapartida de ese horror que los rodea. Lemony Snicket continúa perfeccionando a un narrador que sostiene y carga con la historia de estos huérfanos y, al contrario de lo que dice constantemente, invita a seguir leyendo y a seguir enterándose de qué pasa con estos niños.



27 ago 2013

Un mal principio

Un mal principio (Una serie de eventos desafortunados, #1), Lemony Snicket, 1999. Scholastic.


Querido lector:
Lamento informarte que el libro que estás sosteniendo es muy poco placentero. Cuenta la triste historia de tres hermanos sin suerte. A pesar de que son encantadores e inteligentes, los hermanos Baudelaire tienen una vida llena de miserias y aflicciones. Desde la primera página de este libro, cuando los niños están en la playa y reciben noticias terribles, y a medida que avanza la historia, el desastre les sigue las pisadas. Uno podría decir que son imanes de la desgracia. 
En este breve libro los tres hermanos se encuentran con un villano codicioso y repulsivo, con ropa que pica, un fuego desastroso, una conspiración para robarles la fortuna que poseen y avena fría en el desayuno.
Es mi triste deber escribir todas estas historias desagradables, pero no hay nada que te impida dejar este libro de inmediato y leer algo más feliz, si preferís ese tipo de cosas. 
Con todo respeto,
Lemony Snicket.


Esta es la sinopsis del libro, y así comienza todo, con una advertencia. Después de haber visto hace ya varios años la película - y después de haber escuchado muchas veces que Lemony Snicket era un artista de la prosa infantil -, decidí que era hora de hacerle justicia a la historia. Esta reseña, entonces, apunta a señalar qué es lo que hace que el libro sea una joya, diez veces mejor que la película y, sobre todo, de lectura obligatoria para todos los que disfrutamos de la literatura infantil.

Un mal principio presenta a los hermanos Baudelaire e introduce al lector al mundo en el que están sumergidos. Acá se comienza a tejer el tono y clima de la historia - que sospecho que se continúa en los libros siguientes -, que se transformarán, en mi opinión, en la marca más particular y especial de Lemony Snicket.

El universo de los Baudelaire es oscuro, extraño y completamente siniestro. Contrasta con los tres huérfanos que oscilan entre la inocencia propia de la infancia y un desencanto brutal con la vida misma. En este universo, los adultos son el germen de los problemas y los males que los aquejan de principio a fin. Son inútiles, incapaces de ver con claridad más allá de las apariencias y de resolver cualquier tipo de problema. Esta visión propone una línea de lectura sumamente interesante, donde los niños quedan ubicados como los seres racionales, creativos, inteligentes y emocionalmente maduros.

Lemony Snicket sabe jugar con delicadeza con las ideas de infancia, adultez y familia, tirando de los hilos y tensionando los límites entre unos y otros con gran arte.  En este juego, el narrador desliza oraciones y párrafos que retratan sensaciones y emociones con la sencillez con la que lo haría un niño, y otras que connotan una oscuridad que pone los pelos de punta. Más de una vez me detuve en la historia para preguntarme cómo leería un niño ciertos fragmentos que encierran significados perturbadores para los adultos.

Los tres niños Baudelaire son personajes que están muy bien logrados dada la brevedad del libro. Son los protagonistas indiscutidos, la perspectiva de la historia y las víctimas. El narrador que los acompaña se pone a su lado y los acompaña en cada desgracia, ampliando y cargando de emociones e imágenes los eventos que poco a poco van desarmando sus vidas.

Un mal principio - y sospecho que toda la serie - es una joya de escritura que combina a la perfección las vivencias infantiles con un tono sombrío y extraño, que encanta y perturba, es ágil y triste, y que hace de Lemony Snicket un escritor sublime.

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