sábado, 17 de septiembre de 2016

Como una película en pausa

Ayer tuve la oportunidad de participar un rato de la presentación de Como una película en pausa, novela de Melina Pogorelsky editada por Edelvives este año.

Fue en una librería/espacio cultural precioso, que invitaba a quedarse a tomar algo mientras se miraban los libros y se escuchaba hablar a los autores, editores y familiares que habían ido a acompañar y alegrarse con la autora.

En la presentación participaron Natalia Méndez, la editora valiente de este libro, Mario Méndez, escritor que ya se había cruzado con la novela cuando aún no estaba terminada, Claudio Bidegain, un especialista en estudios de género que se encargó de darle un contexto sociopolítico a la publicación de esta novela y, claro, Melina.

De izquierda a derecha: Natalia, Melina, Mario y Claudio.
La presentación fue sencilla y amena. Siempre es precioso ver la cara de alegría del autor y participar del ambiente con olor a sueño cumplido que supone la presentación en sociedad de una novela que se gestó adentro durante tanto tiempo. Más esta, que, luego de su escritura, según contaron, tuvo idas y venidas a la hora de publicarse.

Sobre eso conversaron un poco quienes acompañaban a la autora, sobre lo que significa que una editorial tenga que animarse a publicar una novela que presenta el descubrimiento y afianzamiento de la identidad sexual de un adolescente. Y cómo la posibilidad de leer textos así abre puertas y desmitifica fantasmas. 

Porque Como una película en pausa es, ante todo, un relato sobre la adolescencia y las confusiones e incertidumbres de descubrirse como persona. El corazón de la novela radica en la posibilidad de que los personajes se cuestionen sobre qué es lo que quieren y quiénes son ellos en relación con los otros y con ellos mismos.

Las preguntas se abren y estiran en el relato con mucha naturalidad y siempre a través de la voz de los personajes, que ilustran con claridad el lío de emociones e ideas que se dan en ese tiempo de desarrollo y construcción de la propia vida. Los descubrimientos que hacen Lucho, Dami y Flora se desenvuelven con sencillez y sutileza, y en ningún momento aparecen escenas clichés (palabra que Mario Méndez también retomó, señalando algo similar) ni armadas o teatrales. En la novela hay espacios de diálogo y de preguntas interiores que no tienen el dramatismo o el juicio del ojo ajeno sino la incertidumbre propia del que está atravesando ese momento.

En la presentación se leyeron algunos fragmentos que fueron acompañados por una puesta visual muy bonita a cargo de Natalia Méndez. Las escenas elegidas para leer fueron algunas de las que más me gustaron de la novela por el peso emocional que presentan a través de diálogos sencillos. Por ejemplo:
"Se pelean como dos hermanitos, loco. No da. La estábamos pasando bien. Sigamos. ¿Dale? Cambien las caras. ¿Preguntás, Lucho? ¿No? Bueno, entonces yo. Me pregunto y me contesto sola. A ver... Flora, ¿es verdad que tenés ganas de llorar? Sí. Porque mis amigos, que son lo más importante que tengo, se portan como dos nabos. Bien. Ahora les toca a ustedes. ¿Ninguno? Ok, yo de nuevo".

Hay una palabra que no puedo dejar de repetir, tanto para hablar de la presentación como de la novela: la sencillez. Porque así, apelando a los movimientos propios de la vida de los adolescentes, situándose justo en el medio del torbellino de emociones e ideas que giran alrededor de los personajes, y todo sin aplicar una mirada exterior, con ideas ya armadas sobre la sexualidad y la adolescencia, Melina ofrece con fuerza descomunal un retrato de la intensidad que supone ser adolescente.

Qué ganas de leer más sobre estos personajes.

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