martes, 23 de agosto de 2016

Harry Potter and the Cursed Child

En el hermoso lío de aventuras y emociones que fue el mes de julio, algo que se destaca como un diente fosforescente es que pude ir a ver la segunda parte de la obra de Harry Potter and the Cursed Child al Palace Theatre. En Londres. En Inglaterra. Yo. De verdad.

Y como ahora sí, después de volver, de caer, logré terminar de leer el libro completo, estoy lista (o por lo menos creo que lo estoy, me resulta imposible terminar de procesar la emoción que todavía arrastro desde el mes pasado) para hacer una reseña doble: obra y guión, guión y obra, lo último de las aventuras de Harry Potter, juntito y desde una mirada total y completamente subjetiva y cautivada por este eterno relato.

Acá va.
Y ojo que habrá spoilers.

La obra
(y la aventura de ir al teatro en Londres)
El 15 de julio, después de tomar dos trenes para alcanzar Londres desde Brujas, Bélgica, cansada, más nerviosa que cualquier otra cosa, y acompañada por dos amigas que se merecen el cielo, aparecí en el Palace Theatre para ver la segunda parte de la obra. Era lo que podía ver en el tiempo reducido de mi visita a Londres y era lo que había conseguido. Tenía la entrada comprada desde octubre del año anterior (!).


Aún no convencida de que yo, pobre fanática sudamericana, iba a poder entrar en el círculo de la magia más íntima, esa de los privilegiados europeos que no tenían un avión de trece horas para llegar hasta el teatro y que no tenían que convertir pesos a libras para poder comprar cualquier cosa, me acerqué a la taquilla para retirar la entrada con miedo.

¿Y si todo era un gran error? ¿Y si me decían que no, que había habido una falla, que la tarjeta no sé qué, que el titular esto, que mi apellido aquello?

Y no pasó nada, entonces pasó todo: me dieron mi entrada y me puse a llorar.

Con veinticinco años encima, en la taquilla, frente a un señor británico, con la mochila abierta, papeles desparramados por todas partes, dos amigas riéndose y festejando y con una entrada, la única entrada, en la mano, me puse a llorar.
Todo lo que vino después fue una gran ola de emoción que todavía no terminó.

Alguien todavía no lo puede creer.

Adentro del teatro una chica pudo contarme de forma concisa, efectiva y bien británica, qué había sucedido en la primera parte de la obra:
"Um... Albus y Scorpius encuentran un Giratiempo y viajan para salvar a Cedric Diggory. Lo logran, pero eso cambia el futuro y ahora Albus no existe, Voldemort reina y Harry Potter está muerto".
Como una piña a la panza. Así que con mi mejor semblante de mesura y control, respondí:
"Ah, bastante".

Y entré.

El espectáculo fue increíble. La puesta de escena era sencilla, sobria y acotada, pero creaba diferentes escenas y colaboraba en la construcción del clima de cada momento. Apenas eran unas escaleras en movimiento, o unos baúles, o una hilera de puertas, pero ningún objeto era innecesario y todo cumplía un rol. A eso se le sumaban los efectos especiales que sí eran más grandilocuentes, y, en esa pequeña astucia de contraposición, la atención quedaba enganchada en la magia: en los hechizos que eran estallidos, luces o llamaradas, en los dementores que volaban y sacaban almas, en los viajes en el tiempo, que comprimían el escenario, o en las transformaciones increíbles que se daban a partir de las pociones multijugo.

Nada estaba sobrecargado ni era un exceso, ni tampoco se privilegiaba la técnica por sobre el desarrollo de la historia o las actuaciones de los actores. Estas dos últimas cosas eran el verdadero corazón.

Y sin duda alguna, fueron los actores quienes, para mí, hicieron que le circulara sangre al espectáculo. Sus interpretaciones de los personajes fueron impecables. Quienes tienen los roles de Harry, Ron, Hermione, Ginny y Draco ofrecen una lectura de los personajes que conjuga perfectamente el tiempo que pasó desde que se los vio por última vez en las Reliquias de la Muerte y el espíritu original de cada personaje. Hermione es Hermione y Ginny es Ginny (¡la del libro, no la de la película!), y todos mantienen la frescura de sus interacciones. No son nuevas versiones, son ellos, más grandes, ya padres, ya adultos.

Y les ponen la vida entera a sus personajes.

Hubo dos escenas en concreto que me resultaron muy impactantes pura y exclusivamente por el modo en que los actores las llevaron adelante. La primera fue el encuentro entre Harry y el retrato de Dumbledore y la segunda, la más mortal y la que me hizo volver a deshacerme en lágrimas, la escena (¡grandes spoilers a continuación!) en la que los protagonistas ven cómo Voldemort asesina a Lily y James. Y como el asesinato no se muestra en escena y lo único que se ven son las reacciones de los personajes (¡qué guionistas astutos!), la audiencia se siente parte de ese dolor.

Pobre Harry.

Los nuevos personajes, especialmente Albus y Scorpius, están interpretados por jóvenes que saben darles vidas interesantes y facetas que los hacen muy reales. Fue muy entretenido conocerlos a medio camino de la historia y aprender sus rasgos. 

Me fui del teatro extasiada y con el corazón encendido: me había encontrado de vuelta con Harry, en su propia casa, y había vivido con él una nueva etapa de su vida; unas aventuras nuevas y completamente inesperadas. ¡Qué regalo inmenso!

El guión
Tiempo más tarde, ya de vuelta en Buenos Aires, me llegó el guión completo. Conocedora ya del final de la historia, mi desesperación por leerlo fue menor (es decir, en vez de leerlo en un día, lo leí en tres).

Tengo una impresión más marcada de la segunda parte por razones obvias. Sin embargo, ahora que leí todo, puedo terminar de armar una reseña más completa que, así y todo, no deja de ser altamente subjetiva, porque, seamos honestos, Harry Potter me encanta.

Dicho esto, acá me lanzo.

La historia me gustó pero no me encantó (¡todo tiembla!).

Tal y como dije antes, el desarrollo de los personajes está muy bien hecho y es muy respetuoso de sus caracterizaciones originales. Harry y los demás se mantienen como eran y desde ahí se los desarrolla en términos de los años que pasaron y los cambios que sufrieron. Así es como también se dan escenas muy ricas entre ellos, en las que apenas una línea habla mundos enteros (hay una, en particular, que me dibujó siete años de historia: "It is exceptionally lonely, being Draco Malfoy", le dice Draco a Harry, en una conversación intensa). A esto se le suma, además, que ciertos episodios recuperan temas que quedaron algo latentes y sin terminar de resolverse en la saga original. Por ejemplo, que Harry y Dumbledore puedan conversar más honestamente sobre lo que le significó a Harry el camino arduo que le dejó preparado Dumbledore.

El guión es muy fuerte en esas cuestiones y propone un entramado de vinculaciones, incluso las de padre-hijo que tiene mucho menos desarrollo porque implican a Albus y Scorpius, que son nuevos en este mundo, que se sostiene con fuerza y le da vida a la historia.

Y que la sostiene, porque luego, la trama, me pareció un poco traída de los pelos. 

Por momentos, la sensación general era que el conflicto de la historia estaba pensado por un fan entusiasta listo para inventar cómo seguir con las aventuras de Harry. De hecho, en algún punto, la trama se roza peligrosamente con la de A Very Potter Musical (si no se sabe de qué estoy hablando, se debe empezar mirando por acá). Y el punto más débil se alcanza, en mi opinión, cuando se revela la naturaleza del villano. Ahí sí me sentí dentro de un fanfic.

Sin embargo, como los personajes vibran y los intercambios y el trabajo de las vinculaciones es tan real, tan sentido y tan especial como en los libros previos, la trama no sólo se sobrevive sino que hasta se acepta. Más si uno esta tan listo para perdonarle cualquier cosa a Rowling como yo.

En términos generales, me resultó sumamente emocionante volver a leer estos personajes, verlos más grandes, más complejos, pero igual de encantadores y de nuevo entre varitas y capas. Fue un reencuentro, también, con la emoción del fanatismo irracional y con el placer de leer (y ver) una historia bien contada.

La emoción no se pasa y espero que logre encontrarse un lugar adentro mío donde pueda vivir para siempre y donde yo pueda ir a visitarla para seguir alimentando la alegría de las buenas historias.

Gracias, Jo. Seguiré esperando más, siempre.


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