miércoles, 31 de diciembre de 2014

Lo mejor del 2014

Se va otro año y puedo decir con alegría que esta vez sí alcancé el desafío de Goodreads:


Ochenta y tres libros, no está nada mal.


Y mirando esos ochenta y tres libros viene el balance: ¿Cuáles fueron las mejores lecturas de este año? Acá, una lista con los cinco libros que, en mi opinión, merecieron reseña con cinco estrellas:

1. Reflections, on the magic of writing, de Diana Wynne Jones
No lo reseñé todavía (¿podré hacerlo algún día? Es la maldición de los libros excelentes, ¡¿cómo se reseñan y cómo se les hace justicia?!), pero hay un post dando vueltas con algunas ideas inspiradas por este y otros libros similares. Leer este libro fue como volver a abrir los ojos. Fue descubrir una amiga en Diana. Las anécdotas que cuenta son espectaculares y muy sencillas, y la mirada que ofrece sobre cómo escribir es tan cruda y real que dan ganas de ponerse a escribir. Además, tiene unas ideas geniales y graciosas sobre el género fantástico.

2. Maus I y II, de Art Spiegelman
Jamás había escuchado hablar de este/estos libro/s y tampoco tengo mucha experiencia en novelas gráficas, pero una amiga apareció un día totalmente fascinada (y con anécdotas graciosas de sus viajes en colectivo con este libro en mano, que en la portada tiene una esvástica enorme, atravesando justo el barrio judío) y me los prestó. Me voló la cabeza. No sólo la historia que se narra es como un nervio expuesto, sin delicadezas, y cruda; todo el horror nazi y el horror posterior a la guerra, que invade la vida de los sobrevivientes pero también de sus hijos, sino que además los dibujos que la acompañan (y que a veces dicen más que las palabras) son magníficos. Y esto ya se hace obvio cuando se comienza la lectura y se descubre que cada grupo humano es representado por un animal diferente.

3. The girl with all the gifts, de M. R. Carey
Este sí logré reseñarlo. Y no sé si me animo a agregar algo más. Esta historia es como una piña en la panza, que deja sin aire y recién lo devuelve después de un tiempo, cuando ya es hora de apreciar el libro en todo su esplendor.

4. El castillo ambulante (y el resto de la saga también), de Diana Wynne Jones
¡Parece que este fue el año de Diana! Hubiese leído más de ella, pero es casi imposible conseguir sus libros. Esta saga también logró hacerse un lugar en el blog y creo que la reseña explica bastante porqué me encantó. Diana presenta un uso original y desviado de la magia en Howl y sus compañeros que nunca deja de tener sentido y que no necesita de reglas ni estructuras para funcionar. Además tiene un estilo muy sutil y muy gracioso.

5. On writing: a memoir of the craft, de Stephen King
Este año también fue el año de la escritura. De nuevo, este libro aparece mencionado (e inspira) este post. Definitivamente hay algo muy tentador en leer el detrás de escena de los grandes escritores. Y Stephen King relata cosas semejantes a las que describe Diana (con menos optimismo y alegría, en algunos casos): escribir es entregar todo, dar el tiempo, la creatividad, el espacio mental. Pero, por sobre todo, es hacer lo que se ama.

Y como extra, un libro que no alcanzó las cinco estrellas exactas por muy poco pero que me sorprendió más de lo que esperaba (y que encima fue lectura de la facultad):

Pedro Páramo, de Juan Rulfo
Le tenía miedo porque me habían dicho que era difícil, que no se entendía, que qué sé yo cuántas otras cosas. Y encima es finito, a simple vista da a entender que es uno de esos libros inexpugnables. Pero me encontré con una historia actual, con un nuevo nivel de realismo mágico (que nadie me escuche decir esto porque Rulfo NO es un autor de realismo mágico, perdón profe) que levantaba huesos de los muertos y hacía llover. Me divertí mucho analizándolo y, finalmente, escribí una monografía sobre el colapso de las certezas en esta novela con la que estoy bastante contenta. Y vuelvo a recomendar este artículo de Jean Franco, "El viaje al país de los muertos", para acompañar esta novela tan tétrica y hermosa.



Fue un año divertido, con libros que sorprendieron y otros que fueron grandes hallazgos. Espero el año que viene completar nuevamente el desafío de Goodreads pero, y sobre todo, tener la oportunidad de leer algunos cuentos o novelas que me descoloquen por completo y me enamoren.

¡Ojalá que el 2015 traiga lecturas maravillosas! Gracias por la compañía (¡y todos los comentarios, acá y en facebook!) de este año.





viernes, 26 de diciembre de 2014

Heredera de fuego

Heredera de fuego (Trono de cristal, #3), Sarah J. Mass, 2014. Bloomsbury USA Children's.
Perdida y rota, lo único que pueden pensar Celaena es en vengar la muerte de su amiga más querida; como la asesina oficial del rey de Adarlan está condenada a servir a ese tirano, pero él ya va a pagar por lo que hizo. Cualquier esperanza que Celaena tenga de destruir al rey reside en las respuestas que se encuentran en Wendlyn.
Sacrificando su futuro, Chaol, el capitán de la guardia del rey, ha enviado a Celaena allí para protegerla, pero los demonios más oscuros de la asesina habitan en el mismo lugar. Si ella logra superarlos, se convertirá en la amenaza más grande para Adarlan, y en su enemigo más fuerte.
Mientras Celaena aprende sobre su verdadero destino, los ojos de Erilea están en Wendlyn, donde una fuerza brutal se prepara para tomar los cielos. ¿Encontrará Celaena la fuerza no sólo para ganar sus batallas interiores sino también para luchar una guerra que enfrentará sus lealtades y vínculos?
Empecé a leer esta saga hace un montón, y nunca reseñé el segundo libro porque siempre se puede ser un desastre. Así que con esta breve reseña recapitularé lo (poco) que recuerdo del segundo libro, para aliviar la culpa.

El primer libro (de este sí existe una reseña) presentaba una historia lineal, con tópicos comunes que, de pronto, en los últimos dos o tres capítulos, se daban vuelta por completo. Lo que parecía una historia básica de una aventura en la corte se vuelve el anuncio de una historia de origen de una gran heroína. Así, con esa vuelta de tuerca, el segundo libro comienza juntando los cabos que habían quedado apenas anunciados.

El segundo libro se transforma en la historia de la deconstrucción de la protagonista, Celaena. Se descubre más de su pasado, se revela un destino prometedor y todo se cae a pedazos cuando una serie de eventos brutales deja a Celaena emocionalmente arruinada.

Y acá entramos en el tercer libro, donde todo, una vez más, se da vuelta y, ¡qué bien que le sale a la autora! Porque desde un principio toma opciones osadas: separa a los protagonistas y los manda a las dos puntas más extremas del mundo, habilitando entonces una historia enorme y con múltiples puntos de vista (¡que nunca cansan!); introduce a un nuevo personaje de otra raza, con otras aspiraciones y lo mezcla en la tramoya política que se está develando; establece unos flashbacks pesados que levantan la historia y la hacen más épica... La lista podría continuar.

Sarah J. Mass tiene un don muy raro en medio de tanta literatura juvenil en inglés: puede tomar los estereotipos de las historias fantásticas y retorcerlos un poco más para que traigan un aire nuevo en medio de tanto vicio literario.

La historia se vuelve grande, el anuncio de una revolución y una nueva era, el inicio del cumplimiento de un destino,wow).
y a este libro le toca narrar uno de los momentos más difíciles de lograr: el momento en que el protagonista asume quién es, supera los límites interiores impuestos o autoimpuestos y se lanza con todo a reclamar su lugar en el mundo. Sarah J. Mass lo hace bien, con profundidad, con emoción cruda y aprovechando para seguir construyendo un personaje muy multifacético (y seguir sumando personajes con nombres raros,

Realmente todavía no sé si esta saga se me volvió la lectura culposa/placentera de este año u objetivamente Sarah J. Mass está logrando una saga fuerte, original y muy, muy atrapante. Quizás un poco de ambas.



viernes, 19 de diciembre de 2014

Reflexiones sobre un (medio) año más de taller

El año pasado tomé una gran decisión: opté por pasar de las monografías que me pedía la facultad a la escritura de algo que me resultara un poquitito más interesante. Y navegando por facebook encontré la oportunidad perfecta: Eduardo Abel Giménez ofrecía la posibilidad de empezar a mitad de año en su taller literario.

Era joven e inocente y me atemorizó la idea de que Eduardo fuese un gran escritor, sabio y conocedor de las palabras y yo, una pobre novata.

Pero el taller fue de todo (tardes enteras leyendo, opinando, compartiendo, comentando escritores, géneros, errores, tomando té, comiendo cosas caseras, riéndonos de los "su", "mi" y los adjetivos antes de los sustantivos) menos el pánico que yo esperaba. y no sé porqué no me animé a escribir una "reseña" de mi tiempo ahí. Quizás por vergüenza, vergüenza de hablar de algo tan personal como la escritura (¡la vergüenza será mi perdición!). Perdón, Eduardo. Fue maravilloso y la nada que llevé esa primera tarde se convirtió en una primera experiencia con la escritura fuera del ámbito académico muy cercana, adictiva y graciosa.

Pero este año, por motivos académicos (es decir, monografías que pedían a gritos atención y tiempo de escritura, oh, la ironía de la vida), no pude seguir. Pero, nuevamente, a mitad de año me harté de la nada y busqué ayuda, un poquito más cerca de casa.

Así me llegó otra oportunidad: Verónica Sukaczer (¡otra gran escritora, nuevos nervios!) también abría las puertas a su taller literario. Me mandé.

Y ayer tuvimos la última clase del año y además de leer, escribir, comer garrapiñadas y brindar con coca, hicimos un balance del año. Medio año, en mi caso.

Lo dije, lo repito y lo cuento: 

Escribir siempre me había parecido un trabajo de dioses. Era sólo para los elegidos, los iluminados por el cosmos de la inspiración, los poseedores de los secretos de las letras. Siempre fue una pintura que se podía apreciar y admirar, pero también siempre una pregunta inabarcable: ¡¿Y cómo hacen para hacer esto?! 

Durante mucho tiempo la respuesta fue: "Es imposible"

Pero ayer el balance del año me llevó a decir, y agradecer, otra respuesta: es posible. Este año terminé de entender que se puede escribir y que escribir es ¡tan difícil! ¡Y tan lindo! Es armar un rompecabezas del que un día se tiene una primera imagen pero que nunca se consigue ver entero hasta no lograr hacer encastrar todas las piezas.

Lleva tiempo, cuesta y da ganas de arrancarse los pelos. Todo lo que siempre dijeron esos autores que escriben sobre escribir. Pero esta vez lo vi de cerca, lo experimenté corrigiendo una y otra y otra vez un mismo cuento. Y lo creí y lo acepté.

Este año aprendí a ver las costuras, las articulaciones, los secretos detrás del truco de magia que no simplifican el arte de sentarse a escribir, pero que echan luz sobre cómo animarse a hacerlo.

De nuevo me llevo muchas herramientas, ideas sueltas, anécdotas que podrían crecer y papeles escritos hasta en los márgenes.

Gracias Eduardo por la primera semilla. Gracias Verónica por los primeros cuidados (y recortes y mates y "¿esto para qué sirve?" y "¿esto es necesario?" y "esto está muy bueno"). Espero el año que viene poder hacer un balance de un año entero, agregando que la pila de papeles escritos supera la de las páginas en blanco.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Cinco libros que marcaron mi infancia

Mientras leo y preparo y organizo (con una lentitud asombrosa, como siempre) las próximas reseñas que quiero publicar, y en vistas de que se viene Navidad y la nostalgia está a flor de piel, se me ocurrió concretar un post que venía pensando desde hace tiempo:

¿Qué pasa si me pregunto qué cinco libros que haya leído durante mi infancia me marcaron?

Me echo al piso a llorar porque de primeras me parece imposible. ¡¿Sólo cinco?! ¿Y a qué se refiere con "marcar"?

Pero después me di cuenta de que algunos libros se habían quedado dando vueltas más tiempo que otros (y que quizás eso era "marcar": haberse ganado un lugar en el corazón y en la memoria) y me pareció que esto podía ser una gran aventura.

Empecé a leer cuando era muy chica y mirar para atrás revela una lista infinita de títulos de libros. Así que me voy a limitar: ¿qué libros marcaron mis años de primaria, de primero a séptimo? Las respuestas son muy variadas y las voy a enumerar a partir de lo que recuerdo hoy, que tengo 24 años, qué me generaron estos libros cuando los leí.

1. Más chiquito que una arveja, más grande que una ballena, Graciela Montes
El primer libro oficial que recuerdo haber leído en mi vida. Era la "bibliografía obligatoria" de primer grado (¡para todo el año!). Una mañana mamá me pasó a buscar por el colegio y cuando salí, me dio el libro. "Esto es lo que van a leer con la seño", aclaró. Y nos subimos al colectivo, que iba desde Flores hasta Floresta (o sea, un suspiro) y yo, parada, porque no había donde sentarse, me leí el libro entero. Entero. "Me gustó, ma, ¿qué más hay para leer?". Y creo que ahí mamá se dio cuenta de que iba a tener que empezar a rellenar la biblioteca con libros para una nueva lectora.

2. Marisa que borra, Canela
Ay, no sabía que era de Canela, me acabo de enterar. Este libro lo compró mamá en una feria del libro del cole (dato importante dentro de esta sección: mi colegio organizaba una feria del libro en el salón de actos; invitaba editoriales de libros infantiles y por toda una gloriosa semana el salón de actos se llenaba de stands con libros, muñecos y muchas páginas por revisar). Qué extraño y qué emocionante: Marisa borraba las cosas que no le gustaban y atravesaba la ciudad dejando una huella muy particular. Me encontré con una versión nueva, divertida y muy cercana de algo que en ese momento decidí que era una bruja.


3. Socorro diez, Elsa Bornemann
Algunos de estos cuentos los leí con una amiga, otros, sola. Sólo me acuerdo que fue la primera vez que sentí miedo, miedo puro y real, leyendo un libro, objeto que no debería tener la posibilidad de generar semejante cosa. Ahí, creo que a los 11 años, me di cuenta que leer libros no era chiste. Los libros hacían cosas. Y mi teoría se confirmó cuando llegué al último cuento, "Socorro diez", y conocí el horror. Todavía hoy recuerdo con escalofríos lo mal que me sentí (y lo bien que la pasé: ¡un libro me estaba dando un miedo paranoico impresionante!).

4. Los hijos del vidriero, María Gripe
Creo que este fue un regalo. De Navidad, de cumpleaños. Pero lo recuerdo adentro de mi casa, nunca en la escuela. Y me pasó hace muy poco que mamá quiso hacer limpieza profunda y trató de regalar este libro y yo le salté al cuello como un animal herido. "¡No, ese no que me encanta!". Pero ese "me encanta" venía de muchos años antes. Este libro abrió otra posibilidad: ¿y si una historia te hace sentir lejos, triste, melancólico? Quizás fueron las descripciones hermosas del arte de moldear vidrios, los nombres extraños de sus personajes, la bruja y su cuervo merodeando en la feria, todavía no lo sé. Pero esta novela le hizo lugar a otra dimensión porque descubrí que la lectura también podía hacerme extrañar lugares y gente que todavía no conocía.

5. Frin, Luis M. Pescetti
Este libro fue una aventura. Como no teníamos plata ni podíamos pedirles a mamá y papá, con una amiga, en sexto grado, empezamos a leer Frin en el primer recreo del lunes de la semana de la feria del libro en el cole. Religiosamente bajamos todos los recreos de toda la semana para leer juntas esta novela. Recuerdo que cada vez que tocaba el timbre nos mirábamos con complicidad, dejábamos el libro casi intacto en el stand, subíamos al aula y yo anotaba en una hoja en que página nos habíamos quedado. Así, en una semana, en recreos de diez y quince minutos, nos leímos la novela entera.
Yo ya era más grande y ya sabía, o empezaba a sospechar, que la literatura me podía hacer moños en el corazón. Y Frin me trajo la primera historia de amor de verdad, entre chicos, sencilla, en medio de la vida y de las cosas comunes que le pasan a cualquiera, y algo de todo eso se me quedó adentro. Frin y Alma se me quedaron adentro.


Ahora tengo unas ganas terribles de releer todos estos libros que no creo que pueda resistir. Y también de releer todos esos otros que se me fueron ocurriendo pero que no pude incluir en esta lista (quizás otro día llegue otra).

Ojalá hayan leído alguno, ojalá se animen a leerlos. Si después de tantos años estos libros siguen despertándome emociones tan viscerales es porque merecen un lugar en la biblioteca de todos los niños-jóvenes-adultos-señoras-señores-brujas.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Diez en un barco

Diez en un barco, Liliana Bodoc, Paula Bombara, Diana Briones, Laura Escudero, Mariana Furiasse, Florencia Gattari, Norma Huidobro, Sandra Siemens, Franco Vaccarini, Sebastián Vargas; 2014. Ediciones SM.
Leer puede ser un modo de afrontar el mundo, de atravesar distancias, de descifrar mensajes ocultos en las olas. Escribir puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, entre el amor y la soledad, entre la comprensión y la desgracia, la última frontera contra el olvido o la injusticia. En este libro, el lector navegará por mares calmos y tempestuosos en donde los textos conversan, con diferentes voces, sobre un mismo tema: la lectura y la escritura.
Esta antología reúne cuentos escritos por los diez primeros ganadores del premio El Barco de Vapor de acá, de Argentina, y todas las historias tienen como hilo conductor estos dos temas, la lectura y la escritura. Los autores son variados, todos tientan, y a mí siempre me resulta maravillosa la posibilidad de leer cuentos (de los buenos, más todavía si son para un público joven). Así que Diez en un barco resultó ser una compra obvia.

Y mejor aún, resultó ser una lectura hermosa.

Estos cuentos (de los que no quiero adelantar demasiado, porque algo de la magia de los cuentos está en leerlos sin saber de qué tratan) toman como eje, algunos más, otros menos, el tema de la escritura y la lectura, pero lo que resulta fantástico es que se animan a hablar de los efectos que pueden tener, de todo lo que puede construir la palabra, de los caminos que abre, de las emociones que dispara.

Así que puedo hablar de qué me dijeron a mí, sin decir nada de lo que cuentan, para ver si eso anima a otros a encontrarse con estas historias.

En "Hilaria suspendida" me encontré con palabras que sirven de escudo para defenderse del mundo, de todo lo que supera, excede y da miedo, y con otras más suaves, que vienen a romper la coraza y cantar al oído. En "Piedritas del río" las palabras pisaban con fuerza, construían miradas del mundo y, al mismo tiempo, personas y amistades. Todo el último fragmento de este cuento me resultó cercano, lleno de añoranza y ganas de vivir, porque estuvo todo cruzado por unas ganas de terribles de animarse a decir algo sobre la vida, de escribir qué le dice el mundo a uno.

Otros cuentos tenían palabras que dibujaban misterios (muy distintos, muy oscuros, muy divertidos), como "Carta a Joaquín, diez años después" o "El señor quería morir". Y "La mentirosa" arrastró al misterio un paso más allá y abrió preguntas con respuestas incómodas: ¿Las palabras mienten? ¿Las historias que arman las palabras son verdades o mentiras? ¿Quién se anima a creerlas? ¿Quién no?

Y "La oportunidad de Emma", "Futuro" y "En el asiento de tu silla..." presentaron palabras que pesan y transforman la vida. Cartas que definen un rescate, premoniciones que cambian el cuerpo pero sobre todo las ideas, palabras que se enroscan y parecen no tener ni pies ni cabeza, hasta que se entienden, como por arte de magia.

"El último viernes" me estrujó el corazón y me lo ensanchó, todo al mismo tiempo. En este cuento la lectura es un camino, es el camino, y es la salida de la tristeza y la entrada a nuevas posibilidades y nuevas amistades. De forma semejante (en el estrujamiento y ensanchamiento de corazones, digo), "Escrito en las olas" le da a la lectura un lugar importante en la ciencia pero, sobre todo, hace que sea como acariciar a alguien: es la vía de contacto, es la forma de conocer a otro y de entenderlo.

Me parece que no estoy alcanzando a decir todo lo que quisiera. Hay algo en la forma en que estos cuentos proponen que tanto la lectura como la escritura son caminos, formas de abrir el corazón y la cabeza a cosas nuevas, a sensaciones nuevas que sólo se entiende cuando se lee. Y cuando uno se anima a que la palabra entre y haga lo que quiera. Como en un barco, estos cuentos son un ir y venir agradable en el arte de la palabra.

Me gustaría poner este libro en algún estante alto para reencontrarlo en un par de años y leerlo de vuelta. Para ver si las palabras se dan vuelta y me dicen algo nuevo. Porque este libro tiene la fuerza que sólo viene de aquellos que alguna vez se encontraron con la lectura y se dejaron transformar algo adentro para después salir corriendo a escribirlo.


(Y con mi hermana, antes de leerlo, nos divertimos adivinando quién era quién en la portada, porque esa ilustración roba los ojos)

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Vuelta al sur

Vuelta al sur, Mario Méndez, 2013. Edelvives.
Pablo es de la Patagonia, pero fue a Buenos Aires a estudiar y a trabajar. Sin embargo, las cosas no le resultaron bien y antes de volverse, decide buscar algo más: a su abuela. Una vieja historia familiar la separó hace años de sus hijos y por lo tanto Pablo solo escuchó algunas cosas de ella, pero nunca la conoció. Y está decidido a no volver al sur sin escuchar la otra versión de la historia. Y tal vez, hasta llevarla también a ella de regreso.
Este libro está dando vueltas en casa desde la feria, cuando lo encontramos en el puesto de Edelvives (tan pintoresco y tentador como siempre) y mi hermana decidió comprarlo. Ahora lo reencontré y me lancé a la lectura.

Vuelta al sur es la historia de un regreso. Es el regreso al sur, sí, pero es también el regreso de la narración, las idas y vueltas, los viajes de la palabra y, sobre todo, de las historias y anécdotas que se cuentan en las familias y entre amigos.

No sé qué idea me había hecho de esta historia, pero imaginé que sería más infantil. Encontrarme con un protagonista de 23, perdido en la vida, confundido con lo que quiere y ahogado por una profunda sensación de fracaso amplió el horizonte. Y fue también una de las cosas que más me resonó porque este protagonista, en medio de la incertidumbre, de las dificultades del inicio de la adultez intensificadas por el abandono de la ciudad de origen, se embarca en un viaje que cree que dignificará su vuelta fracasada a casa pero que termina convirtiéndose en mucho más que eso. Su viaje lo lleva a remover y reconstruir.

Y la novela, a partir de una revisión del pasado y de la pregunta por las voces y miradas que lo construyen, lleva a una resignificación del presente y de la mirada que, en este caso, tiene Pablo sobre lo que vivió, lo que está viviendo, lo que espera (o no) de la vida. Es significativo cruzarse con pequeños pasajes donde él hace algún comentario sobre la porquería (vamos a hacerlo bien exagerado) que es su vida y su abuela contesta con algo semejante a "¡Seguro que no fue tan malo! ¡Qué decís, si seguro sos muy bueno en eso! ¡Tenés toda la vida por delante!".

Removiendo y rebuscando miradas sobre el pasado, a Pablo se le empiezan a abrir nuevos caminos (y, por supuesto) nuevas miradas sobre el presente. Lo que había comenzado como un último manotazo de ahogado se convierte en el camino para empezar de otra vez, para volver a poner las cosas en marcha (de forma literal en el auto que se mueve hacia el sur, y de forma metafórica, cuando Pablo pasa de nuevo por Mar del Plata y se despiertan amistades) y recomenzar una vida que había quedado medio adormecida.

Vuelta al sur es un libro que encierra mucho más que la historia de un viaje y que muestra que en el animarse a dar un paso (e incluso en el animarse a mirar el pasado con otros ojos), las cosas que parecían estancadas (la vocación, los vínculos, los anhelos y los sueños) vuelven a cobrar vida.



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