miércoles, 25 de mayo de 2016

Arcilla

Arcilla, David Almond. Ediciones Castillo, 2010.
Un chico extraño ha llegado al pueblo de Davie. Su nombre es Stephen Rose y se rumorea que fue expulsado del seminario. En un inicio, Davie sólo ve un chico pálido y maloliente, pero pronto descubre que Stephen tiene un talento extraordinario para modelar figuras de barro. Stephen convence a Davie de que ambos tienen el poder de darles vida y juntos crean a Arcilla, un ser de barro dispuesto a seguir sus órdenes...
El glorioso -vayamos con ese adjetivo que le agrega espesura al asunto- regreso de las reseñas se inicia con esta rareza de David Almond, Arcilla. Nunca había escuchado hablar de él, me la prestaron sin demasiados anuncios y opté por no leer la sinopsis (en perspectiva, creo que eso vino muy bien).

Es una lectura vertiginosa: capítulos breves y centrados en el avance de la acción, y una trama que tiene como eje central una pregunta abismal sobre el bien y el mal. No hay demasiadas respuestas, de hecho creo que Almond entiende que, en realidad, no tiene que preocuparse por responder nada. Parte del horror que comienza a desenvolverse tiene que ver con eso, con incógnitas abstractas y universales (sobre Dios, el demonio, la presencia del mal en la tierra, la existencia del paraíso, etc.) que no se pueden responder porque, básicamente, los personajes (y nosotros) son/somos humanos.

La escritura seca y al punto deja que el malestar de los personajes y la extrañeza de sus acciones se transformen en el carozo del asunto. No importan demasiado las descripciones, importa cómo se siente Davie, el protagonista, y qué percibe sobre todo lo que va sucediendo.

La fuerza de la novela radica en esta presencia constante y silenciosa de lo ominoso, que le respira en la nuca a los personajes y, por consiguiente, también a los lectores, gestando un clima de horror mudo que se hace difícil de tolerar (y que obliga a leer rápido, para ver qué pasa, para desarmar ese malestar). 

Eso es lo que me llevo, con lo que me quedo, de Arcilla: una sensación (que, si lo pienso bien, es todo lo que espero que una novela me haga experimentar).



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